La Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo – Por Pastor E. Valverde, Sr.
INTRODUCCIÓN
Habiendo el Gobierno de México requerido de nuestros hermanos que ministran en la República, que presentaran la historia de “su iglesia” para registrarlos, por su parte ellos se dirigieron conmigo para que escribiera esa historia. Pues sabían que en mi conocimiento está la información que se les pedía.
Al tratar de cumplir con la solicitud que se me hizo, quise empezar a narrar la historia de los acon tecimientos entre nuestros medios en los últimos 30 años. Mas me encontré con el hecho de que no podía desconectar nuestra parte hoy con la historia del descenso de “Id lluvia tardía” (Jl. 2:23) al principio del pasado siglo XX. Pues de ello tengo mucha información y pleno conocimiento.
Así que caminé hacia atrás hasta el principio del siglo. Pero entonces tuve que aceptar que no podía ignorar los siglos de la “Reforma Protestante”. Historia de lo cual también está en mi conocimiento. Mas otra vez me encontré con que no podía omitir los mil años del “Oscurantismo”, y mucho menos los primeros siglos de historia de la Iglesia hasta llegar de regreso al tiempo del apostolado.
Mas estando consciente a la vez “del misterio” de la Iglesia, del cual nos habla San Pablo en Ef. 3:1-10, no pude menos que continuar caminando hacia atrás a lo largo de los siglos de la historia del Pueblo de Israel hasta llegar con Abraham. Mas allí mismo me sentí obligado para continuar, cruzar el Diluvio, reconocer el lugar de los patriarcas, y llegar hasta el Edén.
Ahora de allí tuve que ascender hacia “el principio” del tiempo (Gn.. 1:1 y Juan 1:1), y llegar hasta la eternidad. Pues allí es en realidad el principio de la Iglesia.
Al final de esta maravillosa jornada, regreso a la historia contemporánea, y agrego la parte que por la voluntad del Dueño de la Iglesia, durante la última mitad del siglo XX, a mí me ha tocado tomar mundialmente hablando.
Este tema es de vital importancia, y tan extenso como la misma Palabra de Dios. Así que lo aquí explicado es breve. Mas mi oración una vez más (como lo he deseado siempre en todos mis escritos) es que este estudio sea de bendición para muchos de los santos quienes lo leyeren. Para aquellos a quienes les importa saber en verdad quién es la Iglesia.
Confío por tanto en que mi Dios va a obrar en los entendimientos para que lo dicho aquí pueda ser de ayuda a muchos de los fieles hijos de Dios, quienes a su vez son los miembros de “LA IGLESIA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO”.
EL AUTOR
CAPÍTULO 1
ESTRUCTURA DE LA IGLESIA DEL SEÑOR
Cuando se trata de dar razón de los principios e historia de la Iglesia es cosa común el mirar a muchos cristianos sinceros, pero desconocedores de las realidades históricas y de la Palabra de Dios, que lo que hacen es relatar los orígenes tradicionales de su particular denominación cristiana. Unos se refieren a alguna de las organizaciones religiosas más antiguas, y otros a alguna de las relativamente modernas. La verdad sencilla, pero a la vez profunda, es que la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo no ha consistido nunca ni hasta hoy en ninguna institución político-religiosa donde controla la autoridad de hombre. Por lo tanto tenernos que aceptar el hecho innegable de que en ninguna de éstas reside la respuesta que en la primera parte de este tema nos ocupa.
La estructura de gobierno aludida, correcta ciertamente para todos los demás aspectos de la sociedad humana, está prohibida estrictamente por el Señor para Su Iglesia (léase Mateo 20:25-26). En cambio vemos que este sistema prohibido ha sido aceptado y tomado por hecho entre la gran mayoría del profesante cristianismo, y esto en forma más particular durante los últimos 16 siglos. La causa para que esta desobediencia a lo ordenado por el Señor tomara forma, y se propagara en las proporciones universales que hoy prevalece, ha consistido desde sus principios y hasta hoy en que el ministerio confundido ha tratado continuamente de mezclar lo secular con lo divino. Ha querido poner la vocación del Espíritu en el mismo nivel de las relacionesy obligaciones netamente humanas, y ha acarreado así con ello el consecuente perjuicio.
Ciertamente que la Iglesia del Señor Jesús, que en su transitar por esta vida está integrada por humanos, no puede ignorar ni negar los aspectos seculares de su existencia natural aquí en el mundo. Estos requieren invariablemente, ahora tanto del individuo como del conjunto del cristianismo en el sentido universal, que la Iglesia cumpla con todos sus deberes y obligaciones con la sociedad humana, incluyendo su obediencia a las leyes de los países respectivos. Y todo esto además, considerando y respetando también las diferencias de culturas según las regiones geográficas, y de las razas entre las cuales estuviere establecida. Pero nada de esto, ni ninguna otra razón que se alegare, puede justificar la deso bediencia a lo que ya he señalado que ha sido ordenado por nuestro Señor Jesucristo con respecto al gobierno interno de Su Iglesia.
Insisto en el hecho de que a pesar de que la Iglesia está integrada por humanos, siendo ésta “el reino de Dios” aquí en la tierra (Lc. 17:21), el llamamiento de cada uno de sus verdaderos intedeclarado en San Juan 3:3-5. Por lo tanto cada crismundo natural, su vida espiritual depende completa y directamente de Aquel a quien San Pedro llama el “Pastor y Obispo de nuestra almas” (1 P. 2:25). De Aquel a quien San Pablo señala por su parte como “sacerdote para siempre”, y “pontífice… ministro del santuario” , en Su Iglesia (He. 7:3 y 8:1-2).
El Espíritu Santo en forma insistente en las Sagradas Escrituras, señala al total de los integrantes de la Iglesia del Señor como “un cuerpo”. En una de
las muchas referencias al respecto nos dice: “Así muchos somos un cuerpo en Cristo, mas todos miem bros los unos de los otros” (Ro. 12:5). En cambio enninguna parte del Nuevo Testamento encontramos a la Iglesia del Señor estructurada como una organización política semejante al molde natural de las institu ciones seculares. Pues todos y cada uno de los apóstoles, tanto en sus acciones como en los escritos correspondientes, tuvieron mucho cuidado en señalar y obedecer al pie de la letra la orden estricta dada por el Señor respecto a la forma exclusiva de gobierno teocrático y espiritual en Su Iglesia.
San Pablo, el apóstol de los Gentiles, después de haber establecido un número de congregaciones en Asia Menor, reúne a los fieles y a los pastores para despedirse definitivamente de ellos. Veamos que al desprenderse de ellos no los estructura ni los enco mienda bajo el cuidado de ciertas ”autoridadeseclesiásticas”, como hasta hoy con toda naturalidad se hace entre la gran mayoría del profesante cristia nismo. En cambio a los pastores solemnemente los amonesta diciendo: “Por tanto mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo (no él, San Pablo) os ha puesto por pastores, para apacentar la Iglesia del Señor (no a cierta denominación), la cual ganó por Su sangre”. Y así, entre sus varias obser vaciones y recomendaciones, les dice a todos: ”Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios (no al supervisor o a algún superior), y a la palabra de Su gracia, el cual (Dios) es poderoso para sobreedificar y daros parte con todos los santificados” (Hch. 20:17-32).
La Palabra de Dios nos ordena estrictamente a los cristianos, tanto en lo individual como en conjunto, el que obedezcamos las leyes civiles que nos rigieren siempre y cuando éstas no nos obligaren a des
obedecer al Señor. La orden divina antes señalada, de no mezclar lo espiritual con lo secular, está muy particularmente catalogada en esta advertencia. Por lo tanto es imperativo que nunca la perdamos de vista, ya que la innegable realidad es que el hacer tal mezcla es lo que ha producido, por siglos y hasta hoy, la rui na espiritual de multitudes de cristianos. Pues a éstos, la grande mayoría de los cuales siendo sinceros pero estando engañados, el espíritu del error los ha turbado siempre para que conviertan lo secular en algo divino. Y así la estructura político-religiosa a que pertenecen, toma en sus mentesy en sus corazones el lugar “de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios” (2 Ts. 2:4).
La sutil operación del “dios de este siglo” (2 Co. 4:4), trabajando precisamente en la desobediencia aludida, ha conducido inconscientemente a “muchos”, usando a los `falsos doctores” (2 P. 2:1), para que pongan sus ojos mas bien en sus dueños humanos que en el verdadero Dueño de: “Mi Iglesia”, como lo ha dicho, y lo es el Señor (Mt. 16:18). Los ha inducido aun para poner incondicionalmente sus vidas espirituales en las manos de ministros impostores, enseñadores de “doctrinas de demonios” (1 Ti. 4:1), a los que ciegamente obedecen inclusive para hacer lo malo (3 Juan 11), en vez de obedecer a Dios. El librarse del desvío aludido, y permanecer viviendo en el orden que nos marca nuestro Dios, no es algo fácil ciertamente. Mas el Señor ordena que hagamos algo que con Su ayuda no solamente es posible sino que aun es un gozo, y de esto tenemos la prueba los muchos que hoy lo estamos viviendo.
Para ayudar precisamente a aquellos cristianos sinceros pero confundidos, quienes buscan a su vez la instrucción deseando ser librados de la confusión, paso a continuación a tratar ahora sobre lo más
fundamental de este tema: Los verdaderos orígenes de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. Esta infor mación, es de acuerdo tanto con la Palabra de Dios como también con los datos de la historia, y estoy presentándola en términos generales y a grandes rasgos. Pues nunca sería posible el tratar en forma total un tema tan profundo y extenso en un estudio breve como el presente.
ORÍGENES DE LA IGLESIA DEL SEÑOR
Es común entre los ambientes cristianos el enseñar que la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo tuvo su origen en “el día del Pentecostés”, en el año 30 de nuestra Era. En el sentido literal tal expresión es correcta, pues desde allí la historia bíblica empieza a dar razón de la manifestación y establecimiento físico de la Iglesia en el mundo. Mas la expresión aludida omite e ignora el aspecto simbólico y espiritual de este cuerpo místico cuya existencia humana encontramos originada nada menos que en las puertas del mismo huerto del Edén. Este cuerpo místico es precisamente el misterio a que San Pablo se refiere en nuestra escritura inicial. Un misterio que venía caminando a lo largo de toda la historia humana, y que tendría a su debido tiempo que ver con el plan de salvación de Dios en favor primeramente de Israel, y enseguida con aquellos “Gentiles…que estaban ordenados para vida eterna”(Hch. 13:48), quienes el Señor habría de llamar de entre todas las naciones.
A este misterio precisamente, por el Espíritu Santo, se refirió Simeón en el Templo al tomar en sus brazos al niño Jesús: “Luz para ser revelada a los Gentiles (ahora), y la gloria de Tu Pueblo Israel (al final) ” (Lc. 2:32). Y esto lo confirmó en forma específica nuestro Señor Jesucristo cuando declaró: “También
tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también me conviene traer; y oirán Mi voz, y habrá un rebaño, y un Pastor” (Juan 10:16). Estas Escrituras nos declaran el hecho de que la Iglesia, desde el principio del plan de salvación de Dios, está integrada primeramente por el Pueblo Judío y luego por los escogidos entre los Gentiles. Ciertamente que por los últimos dos mil años el “pueblo de los santos del Altísimo” (Dn. 7:27), ha caminado siendo conocido como dos pueblos: Israel y la Iglesia. Mas al final del plan de redención del Dios Eterno, será precisamente sólo “un rebaño”.
La parte de Israel ciertamente Dios ha querido definirla desde que formó a ese pueblo diciendo: “Israel es Mi hijo, Mi primogénito”(Ex. 4:22). Y también: “Este pueblo crié para Mí, mis alabanzas publicará” (ls. 43:21). Estas Escrituras, juntamente con las otras muchas similares, las resume San Pablo en una profunda declaración cuando por el Espíritu Santo dice: “Que son Israelitas, de los cuales ES (hasta el día de hoy) la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la Ley, y el culto, y las promesas” (Ro. 9:4). Y las promesas de Dios para Israel son permanentes, son eternas, pues “no ha desechado Dios a Su pueblo, al cual antes conoció” (Ro.11:2). Por tanto la esperanza de Israel, como una nación, está declarada abiertamente desde la antigüedad. San Pablo la confirma diciendo que cuando “haya entrado la plenitud de los Gentiles… luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sión el Libertador; que quitará de Jacob la impiedad” (Ro. 11:25-26).
Pero por la parte de las “otras ovejas”, el misterio estuvo por los siglos escondido en Dios hasta el cumplimiento de los tiempos, cuando fue revelado por nuestro Señor Jesucristo quien “quitó la muerte, y
sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Ti. 1:10). “El cual misterio en los otros siglos (nos dice San Pablo), no se dio a conocer a los hijos de tos hombres como ahora es revelado a Sus santos apóstoles y profetas en el Espíritu: Que los Gentiles sean juntamente herederos, e incorporados (a Israel), y consortes de Su promesa (la de Dios) en Cristo por eI evangelio… y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas” (Ef. 3: 5-9). Vemos por tanto que el origen de la Iglesia, aun en el sentido humano, extiende sus raíces más allá del día del Pentecostés, cruza el Diluvio, y llega hasta el Huerto del Edén.
Después de la salida de nuestros primeros padres, Adán y Eva, del Huerto del Edén, y preci samente un poco tiempo antes del Diluvio, encon tramos un incidente algo confuso para muchos. En éste se nos dice que: “viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomáronse mujeres, escogiendo entre ellas” (Gn. 6:2). La confusión en este caso ha estado en aquellos que han interpretado que aquí “los ángeles se casaron con las hijas de los hombres”. Tal interpretación es com pletamente absurda, puesto que en los ángeles no existe el sexo. (Mt. 22:30). La realidad es que en este incidente el Espíritu Santo nos da un asomo sobre la existencia misteriosa de la Iglesia. Pues la realidad es que desde el principio, entre la humanidad han existido dos clases de seres: “Los hijos de Dios, y los hijos de los hombres”. Ambos aquí en lo exterior somos humanos, pero en el “hombre interior” (Ro. 7:22), unos son creación de Dios, mas los hijos somos “engendrados…de Dios” (Juan 1:13).
En su carta a los Hebreos (capitulo 11), San Pablo nos habla inclusive de aquellos que muy bien pudiéramos llamar los miembros iniciales de la Iglesia. Estos fieles hijos de Dios, quienes vivieron antes de la venida del Señor en carne, fueron “aprobados por testimonio de la fe”. Mas se nos explica a la vez que ellos “no recibieron (durante sus vidas) la promesa (de la justificación por la gracia que en Cristo el Señor estaba prometida), proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros (precisamente la salvación por gracia), para que (ellos) no fueren justificados sin nosotros”. Pues ellos en sus tiempos y nosotros en los nuestros, somos los hijos de Dios y miembros de Su Iglesia quienes fuimos engendrados desde “el principio” (Juan 1:1, Mt. 25:34, y Ro. 8:29). Es de éstos de quienes está dicho que estando originalmente con el Padre, “los hijos (de Dios) participaron (cada uno en su tiempo) de carne y sangre” (He. 2:14).
El conjunto universal de todos estos santos somos “la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial… la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos” (He. 12:22-24). El conjunto de aquellos cuyos “nombres están escritos en los cielos” (Le. 10:20). Y a esta congregación es a la que se nos dice ahora a nosotros los Gentiles que “os habéis llegado”. Nosotros quienes habiendo vivido sin conocimiento de la Ley, solamente por gracia hemos sido ahora nuevamente agregados a aquellos. Nosotros quienes perdiendo la herencia (Le. 15:13), habiendo ahora “nacido otra vez” (Juan 3:3), hemos sido recibidos de nuevo solamente por misericordia en la casa del Padre, que es Su Iglesia.
En las Escrituras ya citadas se nos amonesta inclusive que reconozcamos y apreciemos en todo lo que vale el supremo privilegio de ser ahora miembros
de “Jerusalem la celestial”. Esa Ciudad simbólica que es nada menos que la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. “La Esposa, mujer del Cordero” (Ap.21:9-10), cuyas “piedras vivas, (hemos sido) edificados como casa espiritual” (1 P. 2:5). El cuerpo místico que representa a los escogidos de Dios en el curso de todas las edades y en todos los ámbitos de la tierra. Un conjunto cuyos integrantes pueden muy bien ser llamados seres “Super-Especiales” para el Señor. Y esto por la maravillosa razón de que hemos sido “engendrados” por Dios desde “el principio”, para ser nada menos que Sus hijos (Léase Salmo 82:6, Juan 1:13 y 10:34-35, Hebreos 1:5, y 2 Pedro 1:4).
El que la lista de esos santos esté encabezada por el justo Abel, comprueba irrefutablemente el hecho de que la Iglesia que fue establecida por nuestro Señor Jesús en el Día del Pentecostés es nada menos que la manifestación del misterio que venía desde el Edén: “Que los Gentiles sean juntamente herederos, e incorporados, y consortes de Su promesa en Cristo por el evangelio” (Ef. 3:6). Pues dirigiéndose precisamente a los cristianos Gentiles San Pablo nos dice: “Por tanto acordaos que en otro tiempo vosotros los Gentiles en la carne, que erais llamados incircuncisión por lo que se llama circuncisión, hecha con mano en la carne, que en aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo…, (ahora) ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino juntamente ciudadanos con lo santos, y domésticos de Dios” (Ef. 2:11-12 y 19).
Vernos por tanto que la Iglesia es en realidad el conjunto total de los hijos de Dios, integrado éste por Israel y los creyentes entre los Gentiles, que al final será ese “un rebaño” de quien habla el Señor. Es el
conjunto universal de ese “linaje escogido” (1 P. 2:9), llamados también “los santos del Altísimo” (Dn. 7:27), cuyos orígenes se remotan hasta el principio del tiempo. Este conjunto de seres especiales para Dios inicia su membrecía física con el justo Abel, y continúa con el linaje de la simiente santa en una línea individual hasta llegar con Noé y el Diluvio. Después del Diluvio esta línea continúa por Sem, hijo de Noé, hasta llegar a Abraham. De Abraham nace Isaac, y de Isaac nace Jacob, como final de la línea individual.
De los doce hijos de Jacob formó el Señor una nación como lo es Israel, el Pueblo Judío, y a este pueblo consagró Dios como el oráculo de Sus mensajes, misterios y revelaciones. Pues en este Pueblo quiso el Señor en sus respectivos tiempos depositar toda Su Palabra. Al considerar el total del pueblo de Dios figurado como un árbol, vernos que en ese árbol la raíz es el Señor; el tronco es el pueblo Judío, y las ramas, copa y fruto de ese árbol es la Iglesia entre los Gentiles. Por eso sigo insistiendo en que no se describe toda la verdad cuando se reduce el principio de la Iglesia del Señor exclusivamente al Día del Pentecostés. Y esto mucho menos cuando por causa de ignorancia o desvío, se señala como el origen de la Iglesia a la formación inicial de cierta o cual institución o estructura político-religiosa, entre el profesante cristianismo.
El número total y exacto de los verdaderos integrantes de la Iglesia universal, quienes han sido antes y quienes somos ahora, donde han estado en tiempos pasados y donde estamos hoy, solamente el Señor en su omniciencia lo conoce, Ningún hombre en su juicio cabal podrá jamás reclamar aquí que sabe o conoce semejante misterio. Todo lo que nosotros
podemos y debemos hacer aquí, es reconocer con reverencia lo que la Palabra del Señor nos enseña con respecto al “misterio de la Iglesia”. Reconocer la soberanía suprema de Jesucristo nuestro Salvador y Dios sobre toda la creación, y más particularmente al tratarse de Su Iglesia. Las Escrituras señalan pre cisamente esa soberanía divina cuando se nos dice que “el Señor añadía cada día a la Iglesia los que habían de ser salvos”, y que “creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 2:47 y 13:48). Porque “conoce el Señor a los que son suyos” (2 Ti. 2:19).
Habiendo ya tratado en una forma bastante amplia sobre los principios físicos o humanos de la Iglesia, considero necesario el hacer una reca pitulación para ahondarnos un poco más sobre la extensión de sus raíces las cuales llegan hasta el principio del tiempo. Esto es, sobre la innegable pre existencia de la Iglesia en el realmo de la eternidad. Para ello volvernos nuevamente a las Escrituras iniciales que tienen por objeto el “aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas. Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (EL 3:9-11).
Por la declaración citada podemos entender que el misterio de la Iglesia no se reduce solamente a la creación física o material. Estando integrado este cuerpo místico precisamente por los hijos de Dios, de Jesucristo Señor nuestro, el lugar de la Iglesia es por tanto único y tiene primacía entre el total de la creación; inclusive entre los demás seres celestiales. Pues todos ellos han sido creados, mas los hijos del
Señor hemos sido “engendrados” (Juan 1:13). Y esto, a la semejanza de Aquel de quien ha sido dicho: “Mi Hijo eres tú, hoy Yo te he engendrado” (He. 1:5). De Aquel quien es “la Imagen (el cuerpo visible) del Dios invisible, el primogénito de toda criatura” (Col 1:15), y a la misma vez “el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29).
La primogenitura del Señor en Su cuerpo hu mano como “El Hijo”, entre Sus hijos, tiene cierta-mente un lugar prominente en el transcurso de nuestro cristianismo aquí en esta tierra. Mas el lugar supremo donde la primogenitura de “El Hijo” aplica, es en el realmo de la eternidad entre los hijos de Dios como seres espirituales. Seres cuyos orígenes datan también desde “el principio”,habiendo sido engen drados a la semejanza de Aquel quien es a la vez “el principio de la creación de Dios” (Ap. 3:14). “El cual siendo el resplandor de Su gloria (la gloria de Dios), y la misma Imagen de Su sustancia, (quien) sustentando todas las cosas con la palabra de Su potencia, habiendo hecho la purificación de nuestros pecados (los de Sus hijos aquí) por sí mismo, se sentó a la diestra (o sea en el poder -Mt. 28:18) de la Majestad en las alturas” (He. 1:2-3).
Ahora el hijo de Dios en cada uno de nosotros, es en realidad ese ser espiritual engendrado de Dios por primera vez “desde (antes de) la fundación del mundo” (Me. 25:34). Estos, en conjunto, integramos a su vez el gran total de aquellos “que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 13:48). Por eso es que al venir los integrantes de la Iglesia de Dios a “participar de carne” de pecado, y perder aquí por causa de ello nuestra primogenitura, el Señor Jesús ha declarado que nos “es necesario nacer otra vez”(Juan 3:7). Pues el hijo de Dios en cada uno de
nosotros no es esta humanidad que ha sido originada por nuestros respectivos padres naturales, y de la cual nos consta aquí el tiempo de su nacimiento. El hijo de Dios es nuestro ser espiritual cuyo principio no está reducido a nuestros orígenes humanos, y es aquel al que repetidas veces las Escrituras se refieren como “el hombre interior” (Ro. 7:22).
Pues está dicho que: ‘por cuanto los hdos par2:14). Y así como “Dios (ha venido y) ha sido manifestado en carne” (1 Ti. 3:16), Sus hijos, los integrantes de Su Iglesia, de Su pueblo escogido, hemos venido también desde allá desde “el principio” (Juan 1:1) a participar aquí de carne y sangre. Ahora el propósito principal del Padre, al hacernos a Sus hijos participantes de la prueba en esta vida transitoria sujeta a “la mudanza de las cosas movibles “, es para que regresemos de nuevo a nuestro hogar original habiendo adquirido aquí la madurez que El requiere. Retornar de nuevo al “reino inmóvil“, del cual somos hoy mismo por gracia participantes (He. 12:27-28). Y así, en Su Segunda Venida “estaremos siempre con el Señor” (1 Ts. 4:17), disfrutando con Él de las maravillas del “tercer cielo”…del “paraíso” (1 Co. 12:24).
Conscientes de lo ya explicado podemos enIglesia indispensablemente tiene en todos los aspectos de la creación. Pues al final de todo, “la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios“ (Ro. 8:21). El apóstol inclusive nos declara una portentosa verdad cuando dice que: “la multiforme sabiduría de Dios (es ya desde) ahora notificada por la
Iglesia a los principados y potestades en. los cielos”. Y no se está refiriendo aquí a los “principados (y) po testades…en los aires” (Ef.6:12), que son los demonios. Habla de los “principados y potestades”, de los ángeles y demás seres celestiales que habitan hoy en gloria con Dios.
Aquí se refiere a aquellos seres celestiales de quienes se nos dice que, al considerar “las cosas que ahora os son anunciadas” por la Iglesia, “en lascuales (cosas) desean mirar los ángeles” (1 P. 1:12). De estos seres gloriosos inclusive se nos declara que hoy “son todos (ellos) espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que serán (como hijos de Dios) herederos de salud (de salvación)” (He. 1:14). Además el Espíritu por San Pablo nos dice que no son los ángeles fieles los que habrán al final de juzgar a los ángeles caídos (a los demonios), sino aquellos quienes hemos de juzgar al mundo (1 Co. 6:2-3): Los triunfantes y glorificados fieles hijos de Dios, el
“pueblo de los santos del Altísimo” (Dn. 7:27). El pueblo escogido de Dios que hoy aparece como dos rebaños (Israel, y la Iglesia entre los Gentiles), pero que al final seremos solamente “UN rebaño, y UN Pastor” (Juan 10:16).
Creo que lo que hemos aquí explicado es más que suficiente para que el lector entendido pueda realizar quiénes son verdaderamente los integrantes de la Iglesia del Señor. Cuáles son en verdad los orígenes de ella. Y cuál es el lugar ante la creación entera, “visible e invisible” -material y espiritual- (Col.1:16), de ese cuerpo místico y maravilloso como lo es la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. Consciente de esto, el cristiano sincero podrá primeramente razonar para reconocer con claridad, cuál fuere hoy su verdadero lugar en la Iglesia universal. Podrá también
ampliar su visión para no reducir los orígenes de la Iglesia solamente a sus escalas humanas mayores, como lo son el Pentecostés y el Edén. Y aún más, podrá ser librado de la confusión para no cometer el error de reducir los principios de la Iglesia a cierta o cual denominación, organización o grupo religioso cristiano.
Este conocimiento, que es más bien la de claración “del misterio escondido desde los siglos en Dios”, no es solamente “una mera información” para algún cristiano interesado que le gustare saber algo. El tener conocimiento sobre estas profundas y tremendas verdades, es algo indispensable en la vida de cada verdadero cristiano. Pues estas son bases fundamentales, y la médula de la fe del verdadero hijo de Dios. El conocimiento de esto es el estimulante supremo que habrá de motivarlo maravillosamente para que viva hoy en una consagración completa ante el Señor. En una entrega completa a Dios, la cual invariablemente lo impulsará para estar dispuesto en forma incondicional para hacer aquí, como miembro de la Iglesia, la voluntad del Dueño de ella. La voluntad del “Pastor y Obispo de nuestras almas”, Jesucristo nuestro Salvador, nuestro Señor, nuestro Padre, y nuestro Dios.
Esa voluntad divina está en resumen descrita en aquella regla del Espíritu que nos señala San Pablo. Regla que por mi parte me he apropiado, y que como un ruego la he dirigido ya por una vida a los hijos de Dios: “Cumplid mi gozo; que sintáis lo mismo, teniendo el mismo amor;unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien en humildad, estimándoos inferiores los unos a los otros. No mirando cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros. Haya, pues, en vosotros
este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:2-5).
HISTORIA FÍSICA DE LA IGLESIA
Habiendo en la primera parte de este estudio establecido, en forma breve ciertamente, los orígenes de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo, pasamos ahora a considerar a grandes rasgos la historia física de ella desde que fue establecida por el Señor en el Día del Pentecostés. En el aspecto físico de la Iglesia podemos iniciar su historia en forma concreta ba sándonos en los datos informativos del Nuevo Testamento que nos remontan hasta el año 30 de la Era Cristiana. En ese año aproximadamente, de acuerdo a nuestro presente calendario, nuestro Señor Jesucristo finalizó Su ministerio terrenal, sellando éste con Su muerte y crucifixión, y con Su resurrección de entre los muertos.
Al final de los cuarenta días subsiguientes de Su testimonio, en un “Aposento Alto” ubicado en el monte de Sión, en la Santa Ciudad de Jerusalem, con el descenso de Su Espíritu Santo sobre los 120 miem bros originales, el Señor estableció definitivamente Su Iglesia en el mundo. Desde allí empezó a“edificar” literalmente Su Iglesia en conformidad con lo que antes ya había anticipado cuando dijo, “y sobre esta piedra educaré Mi Iglesia” (Mt. 16:18). Pues la “piedra” aludida no es ninguno de los discípulos (como erró neamente lo ha enseñado el cristianismo desviado ya por más de 15 siglos). El mismo Apóstol Pedro, a quien el engaño ha señalado que es “la piedra”), hablando de nuestro Señor Jesucristo nos dice que “la Piedra que losedificadores reprobaron, ésta fue hecha la cabeza del ángulo” (1 P. 2-7).
Por su parte San Pablo confirma lo dicho por San Pedro cuando declara que: “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Co. 3:1 l.). Y a la vez nos exhorta también diciendo que los cristianos debemos de ser “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef. 2:20). Por lo dicho, tanto en éstas corno en las otras muchas Escrituras alusivas, podemos entender que la Iglesia es propiedad exclusiva del Señor. San Pedro nos dice que el Señor es “el Pastor y Obispo de nuestras almas”, y también “el Príncipe de los pastores” (1 P. 2:25 y 5:4). La Iglesia del Señor Jesús es solamente UNA, no puede ser “las iglesias” como comúnmente se entiende, y Él confirma esto cuando dice “MI IGLESIA”. Por lo tanto nuestro Señor Jesucristo mismo es el único genuino y verdadero Dueño, y Fundador de Su Iglesia.
Son muchas las ocasiones en el Nuevo Testa-mento en las que primeramente el mismo Señor y después aquellos vasos especiales como lo fueron Susapóstoles, advierten que tendrían de venir muchos impostores, ministros falsos, “lobos rapaces, que no perdonarán al ganado” (Hch. 20:29). “Falsos doctores que… por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2 P. 2:1-3). Falsos enseñadores cristianos de los cuales se dijo que “apostatarán de la fe, escuchando a espíritus de error y a doctrinas de demonios, que con hipocresía hablarán mentira teniendo cauterizada la conciencia” (1 Ti. 4:1-2). Durante el transcurso de más de 19 siglos en el tiempo de la Iglesia, tanto lo citado como lo mucho más que al respecto está escrito, y lo cual nos sería imposible transcribir en su totalidad aquí, se ha cumplido al pie de la letra.
En estos días postreros, cuando la Segunda Venida de nuestro Señor Jesús es inminente, la operación de estas profecías negativas ha llegado a un nivel de proliferación nunca antes experimentado. Es imposible enumerar hoy en el mundo el número total de “iglesias” existentes. (Esto es el de organizaciones y grupos político-religiosos llamados cristianos). Las hay de todos tamaños y de todos los tintes doctrinales imaginables. Cada una de estas “iglesias”, desde la más grande y prominente hasta la más pequeña e insignificante, reclama con audacia ser “la verdadera Iglesia”, y tener el monopolio de la salvación. Cada una de ellas por lo regular ensalza inclusive a su propio fundador, su profeta, su representante, etc., y por lo consiguiente cada una da razón de que su propia historia es “La Historia de la Iglesia”.
La réproba actitud que ha distinguido siempre y hasta hoy a los “señores” quienes presiden entre estas “iglesias” es por lo regular que, nombrándose o eligiéndose a sí mismos como “autoridades eclesiás ticas”, se adueñan y ejercen invariablemente “señorío sobre las heredades del Señor” (1 P. 5:3). Uno de los factores que contribuye en forma muy prominente para que esta operación de desvío sicológico tenga más efectividad, ha sido y es el uso común de un sinnú mero de títulos honoríficos y renombres de distinción que estos ministros usan. Ésto lo hacen naturalmente para ser reconocidos ante el mundo, pero más particularmente usan tales títulos para identificarse e introducirse ante sus feligrecías o miembros integrantes de “sus iglesias” respectivas. Los “señores” de estas estructuras religiosas, quienes por lo regular actúan como “Diótrefes que ama tener el primado entre ellos” (3 Juan 9), reclaman autoridad sobre el pueblo al grado de que ejercen un completo control sobre las vidas.
La maravillosa verdad de que aquí podernos hoy dar razón es que, a pesar de todas las tribulaciones y operaciones negativas por las que al “príncipe de este mundo” (Juan 12:31) se le ha permitido la haga pasar; la Iglesia verdadera del Señor está victoriosa y en pie de lucha hasta el presente día. Ha caminado casi ya por 20 siglos siendo duramente probada, pero ya está a las puertas el cumplimiento de su maravillosa esperanza: El retorno del Señor Jesús “cuando viniere para ser glorificado en Sus santos, y a hacerse admirable en aquel día en todos los que creyeron” (2 Ts. 1:10). La exacta y total membrecía de la Iglesia en todos los tiempos y lugares, solamente su Dueño la conoce. Y Él es quien la tiene registrada precisamente en lo que el Espíritu Santo llama,“el libro de la vida del Cordero” (Ap . 13 :8) .
La Iglesia desde sus principios fue víctima tanto de convulsiones internas de carácter doctrinal, como de persecuciones físicas por parte de la Roma Impe rial. De esto se nos da razón en el Libro de los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas de éstos, como también en los libros de historia de la Iglesia del Señor durante la Era Apostólica. San Lucas nos declara que “en el mismo tiempo el rey Herodes echó mano a maltratar algunos de la iglesia, y mató a cuchillo a Jacobo, hermano de Juan” (Hch. 12:1-2). Tanto por éste como por otros datos bíblicos, y por la información histórica que de esos tiempos consta, podemos entender que todos los apóstoles, incluyendo a San Pablo, sólo excluyendo a San Juan, hubieron de glorificar al Señor con su muerte en el martirio. Ya para fines del siglo primero de la Era Cristiana el número de los mártires, víctimas de las persecuciones por parte de la Roma Pagana, ascendía a muchos miles.
Después del primer siglo las persecuciones continuaron en forma intermitente por el curso de otros 200 años más, iniciadas éstas por varios emperadores romanos de quienes la historia da razón en forma específica. También de las fechas como de los tiempos de duración de cada una de las olas de persecución, que prevalecieron durante los tres primeros siglos de la vida de la Iglesia, se da razón muy específicamente por la historia. De estos datos no nos ocupamos aquí en lo particular puesto que son muchos los libros que al respecto existen hoy, de los cuales el lector interesado puede fácilmente tomar información. La realidad innegable que hoy consta en las páginas de la historia es que fueron muchos, horribles y despiadados, los diferentes medios y formas que se usaron entonces para martirizar y matar a multitudes de cristianos, el número de los cuales ascendió a millones.
Lo encarnizado de aquellas terribles persecu ciones no lograron en aquel entonces doblegar la fe, el fervor y la convicción en las vidas de aquellos fieles seguidores de nuestro Señor Jesucristo; ni mucho menos el acabar con Su Iglesia como el diablo lo ha deseado siempre. La historia nos da razón de lo contrario. Pues todos aquellos terribles “bautismos de fuego” (Lc. 3:16), que fueron de los que habló anticipadamente el Señor (Mr. 10:38) refiriéndose precisamente a la sangre de los mártires que fue derramada a caudales, sirvió en cambio cual “fertilizante” para que Su Iglesia creciere. Cada mártir que caía era un instrumento para que muchos más creyeran a la Palabra. Y así la Iglesia del Señor, en medio del dolor y de las persecuciones, se extendió en formal milagrosa durante aquellos primeros siglos por todos los confines del vasto Imperio Romano.
Denominaciones cristianas antiguas han recla mado hasta hoy que los orígenes de sus respectivas organizaciones religiosas, datan de aquellos tres pri meros siglos. Naturalmente que lo que han tratado de hacer con esto es monopolizar la historia de la Iglesia, para ventaja y crédito de su propia organización político-religiosa. Mas si observamos con detenimiento algunos de los aspectos importantes de la historia, podremos ver con toda claridad que tal reclamo de monopolio no cabe en lo posible. Por principio de cuentas ya hemos entendido antes, a la luz de la Palabra de Dios, que la Iglesia es “un cuerpo” viviente. Nunca ha consistido, ni consiste hasta este día en alguna organización política controlada por la autoridad de hombre, como comúnmente hoy se cree y acepta. Esa maligna metamorfosis se operó en cambio en la Iglesia del Señor cuando ésta dejó de sufrir el tremendo dolor de las persecuciones antes men cionadas.
Mientras prevalecían las persecuciones, el mar tirio y la muerte, éstas sirvieron cual la “purga” do lorosa de una medicina purificadora que sostuvo a la Iglesia en cierto nivel favorable de sanidad espiritual. A los cristianos de aquel entonces no los unían, como lo fue después y es hasta hoy lo común, ciertas obligaciones de membrecía en tal o cual denominación u organización religiosa. Las ligaduras que unieron en esos siglos a los verdaderos servidores de Dios, fue el dolor. Fue el amor genuino que Cristo el Señor había puesto en sus corazones, para que se amaran los unos a los otros exactamente así como Él lo ha ordenado hasta el presente, diciéndonos a Sus hijos obedientes: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como os he amado, que también os améis los unos a los otros” (Juan 13:34).
En medio de las persecuciones de entonces, el llamamiento para el ministerio tenía definitivamente que ser genuino. En la mayoría de los casos, el precio supremo que el siervo de Dios tenía que pagar por el privilegio de poder ser un ministro de Jesucristo el Señor, era el martirio y aun la muerte. Por lo regular no había entonces manera de establecer en forma permanente y definitiva alguna estructura política y de jerarquías, como se pudo hacer después al cesar las persecuciones. La Iglesia del Señor caminó por lo tanto durante esos primeros siglos de su existencia, en medio de múltiples problemas y convul siones internas ciertamente siendo precisamente sólo, “la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo”. No había caso entonces el usar ciertos títulos o rúbricos denominacionales para distinguirse como se hizo después y hasta hoy. Y si alguna estructura política empezaba a tomar forma en cierto tiempo y lugar, era automáticamente desintegrada por las persecuciones que azotaban enseguida.
Pero entró el siglo cuarto y las cosas cambiaron cuando asumió el poder, el hasta hoy famoso y popular Emperador Constantino. Las persecuciones en contra de los cristianos cesaron definitivamente. Se les devolvieron a éstos todos sus bienes y derechos, y después de unos cuantos años el cristianismo llegó hasta el grado de ser reconocido como la religión oficial del Imperio. Fue este cambio político, imposible de describir con todos sus detalles en este breve tratado, el que produjo esa maligna metamorfosis a que antes hacemos referencia. La Iglesia en su grande mayoría dejó de ser “el cuerpo vivo de Cristo el Señor”, y empezó a estructurarse hasta llegar a convertirse en una organización política de proporciones universales. Mas por la gracia y el poder de Dios el remanente fiel guardó entonces y ha guardado hasta hoy su
integridad, y habiendo pasado ya otros 16 siglos más, la Iglesia del Señor hoy está viva.
El milenio que transcurrió aproximadamente desde el siglo V hasta el siglo XV, es llamado comúnmente tanto por la historia religiosa como por lasecular, la edad del “Obscurantismo” o “La Era
Obscura”. A lo largo de esos siglos la Palabra de Dios permaneció escondida para las multitudes de creyentes, por la institución religiosa política reinante La forma de gobierno Teocrático en la lglesiá, del Señor, fue suplantada por sistemas; enteramente humanos. Las enseñanzas y doctrinas del, Libro le Dios, la Santa Biblia, fueron substituidas; por idelas; mandamientos y tradiciones de hombres corrompiendose literalmente en ellos lo dicho por el Se Senor `Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por -Vuestras tradiciones. Hipócritas, bien profetizó de vosótros Isaías, diciendo: Este pueblo de labios me -honra mas su corazón lejos está de Mí. Mas en vano de honra, enseñando mandamientos y doctrinas de hombres” (Mt. 15:6-9). .,
Entre los pocos que poseían la Palabra-de, Dios; la lectura de ésta fue prohibida por los áItos, jerarcas de la institución religiosa. Esta en cambió les dioa su vez a las multitudes de creyentes quien vivieron bajo su control durante ese extenso lapso de tiempo, un alimento espiritual envenenado. Esto,de ácuerdo exactamente con lo antes profetizado por San’ Pablo’, quien dijo: “Empero el Espíritu Santo,! dice manoi-fiestamente, que en los venideros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus de error y a doctrinas de demonios; que con hipócresia hablarán mentira, teniendo cauterizada la conciencia” Que prohibirán casarse (?), y mandarán abstenerse de viandas que Dios creó (?) para que cón hacimiento de
grarias participasen de ellas los fieles, y los que han conocido la verdad” (1 Ti. 4:2-3).
No tenemos mayor información sobre la vida de la Iglesia fiel durante el transcurso de los siglos del obscurantismo. Cuántos y cuáles fueron los lugares donde estuvo. Quiénes fueron los miembros que la integraron, y los ministros que presidieron. Cómo vivieron y qué tanto prosperaron, o sufrieron. Qué tanta luz recibieron de parte del Señor sobre Su Palabra, y cómo y por qué conducto la recibieron. Cómo interpretaron y enseñaron respecto a las diferentes doctrinas y profecías bíblicas en los distintos tiempos y lugares, etc… Es realmente muy poca la información que la historia nos da al respecto. Y esto por la sencilla razón de que la verdadera Iglesia no era “la Iglesia Oficial”. La Iglesia del Señor no ha consistido nunca en las estructuras político-religiosas reconocidas por el mundo, puesto que su carácter es netamente espiritual.
Una cosa podemos decir con plena certeza, y esto es que la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo conforme al molde que por Él mismo fue establecido en el Día del Pentecostés, siempre ha estado en el mundo. No ha habido tiempo en que haya dejado de ser. Ella ha sido y sigue siendo hasta hoy, el conjunto universal de todos los verdaderos servidores de Dios de los cuales está dicho:“Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son Suyos; y : Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el Nombre de Cristo” (2 Ti. 2:19).
Llegó el siglo XV, y con él la ahora bien conocida “Reforma Protestante”. Los nombres de los distin guidos “reformadores”, sus vidas, el ministerio que desempeñaron como también los tiempos y lugares
donde ministraron, es parte de la historia reciente. Tampoco en esto entramos aquí en detalle, pues hay muchas fuentes de información al respecto para el lector interesado. Lo que importa en este caso es señalar que en el curso de la Reforma Protestante, que abarcó un período aproximado de unos 300 años, la Palabra de Dios fue sacada a la luz para bendición del cristianismo. Fue entonces la Biblia reproducida por primera vez en letra de molde y conocida así no solamente entre los eruditos, mas aun entre el pueblo de Dios y en el mundo entero como nunca antes había sido.
La historia da razón que el precio de dolor y de sangre que costó esta bendición, estuvo terrible. Las historias macabras de persecuciones, martirio y masacres de que fueron víctimas los fieles seguidores del Señor durante los años de la Reforma, son incontables. El número de los mártires de la Reforma sobrepasó al de los primeros siglos. (El total de los mártires en toda la historia de la Iglesia es aproximadamente de unos 70 millones). Para fines del siglo XIX, con la furia de la tormenta ya menguada, aparecen ya establecidas definitivamente las hasta hoy bien conocidas denominaciones “Protestantes”, frutos consecuentes de la reforma del mismo nombre.
Y llegamos así ahora al distinguido siglo XX. Al siglo de la ciencia. Al siglo del cumplimiento de las grandes y últimas profecías anunciadoras de la inminente Segunda Venida del Señor. Una de estas portentosas señales ha sido el retorno del Pueblo Judío a la Tierra Prometida de acuerdo a las muchas profecías al respecto, y el establecimiento milagroso del moderno Estado de Israel en el que hasta el presente día se están cumpliendo las señales finales. La otra señal también portentosa ha sido preci
lamente el derramamiento del Espíritu Santo en forma universal, de acuerdo con lo anticipado por el Señor de que enviaría “lluvia temprana y tardía corno al principio” (Jl. 2:23-32).
En los primeros días del siglo XX, orando un grupo de estudiantes de la Biblia, en la ciudad de Topeka, Kansas, recibieron una experiencia desconocida para ellos entonces. A su tiempo en-tendieron que esa experiencia era la misma que habían tenido los primeros cristianos en el Día del Pentecostés, según Hechos 2:1-13. La misma expe riencia se repitió unos pocos días después en la ciudad de Los Angeles, California, en un viejo templo donde presidía como pastor un ministro de Dios, de raza negra, conocido como el hermano Seymour. La calle Azusa, en la que el viejo templo estaba ubicado, es para hoy en las mentes de multitudes de cristianos, el monumento inicial del hoy mundialmente conocido movimiento espiritual identificado con el título de “Pentecostal”.
La noticia de lo acontecido en la Calle Azusa se extendió “como reguero de pólvora”. Ministros y fieles, tanto de todos los Estados Unidos como de otras muchas partes del mundo, buscaron la manera de llegar a la ciudad de Los Angeles, a la Calle Azusa, con el hermano Seymour, con el fin que este humilde siervo de Dios orara por ellos para recibir el don del Espíritu Santo. En unos cuantos años después de aquel principio en la Calle Azusa, lo prometido por el Señor en labios del profeta Joel, “y será que después de esto, derramaré Mi Espíritu sobre toda carne”, tuvo su cumplimiento literal en “la Iluvia tardía”, en una escala universal. El Dueño de la Iglesia, Jesucristo nuestro Salvador y Dios, siguió cumpliendo lo ya dicho: “Y sobre esta Piedra, edificaré Mi Iglesia”.
La gran mmayoría de los cristianos que en esos primeros años recibieron el don del Espíritu Santo, con la evidencia de hablar en otras lenguas y las demás manifestaciones exteriores visibles, habían sido antes por lo regular miembros de alguna de las varias denominaciones Protestantes nominales. Los líderes de éstas por su parte se escandalizaron de aquellas manifestaciones sobrenaturales que estaban viendo, y declararon que todo ese movimiento era operación satánica. Así expulsaron de sus medios a todos los creyentes “Pentecostales”, juzgándoles de locos y endemoniados.
Pero resultó que estas medidas no lograron que menguaran las manifestaciones sobrenaturales, antes por lo contrario. El número de los que recibían el Espíritu Santo, a pesar de ser excomulgados por ello, seguía aumentando rápidamente. A estos últimos los obligó la situación prevaleciente para que de diferentes partes del mundo se procuraran los unos a los otros, para ayudarse y protegerse mutuamente. Y reunidos así en el mismo sentir por el Espíritu Santo de Dios, empezaron a planear la unificación.
Como resultado de esa unificación, para el año de 1908 quedó constituido y registrado ante las leyes civiles correspondientes, el grupo religioso conocido hasta hoy con el rúbrico de: “Pentecostal Assemblies of the World” (Asambleas Pentecostales del Mundo), o con la abreviatura en inglés: “P.A.W.”. La mayoría de los integrantes de la P.A.W., eran ahora los mismos cristianos que habían salido de las denominaciones Protestantes. Y siendo que estas organizaciones religiosas seguían sosteniendo la doctrina de la Trinidad, que a su vez habían heredado de Roma, la P.A.W., era ahora de hecho un movimiento “Pen tecostal Trinitario”. Todos éstos eran por tanto bau
tizados según el dogma basado en el mandamiento en Mateo 28:19, o sea en los títulos, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, pero no en el Nombre de Jesucristo según el cumplimiento en Hechos 2:38.
Llegó el año profético de 1914 cuando la hu manidad experimentó por primera vez los horrores de lo que hoy la historia registra como la 1ra. Guerra Mundial. En ese año se produjo también otra tre menda guerra, pero ésta fue positiva y de carácter espiritual. Como una fuerte lluvia venida del cielo sobre la mayoría de los ministros y miembros de la P.A.W., envió el Señor a éstos la revelación de la Unidad de Dios y del bautismo en el supremo Nombre que es JESUCRISTO. La guerra aludida en este caso se produjo entre la multitud de los ministros y miembros de la P.A.W. Pues la gran mayoría de los que entre ellos recibieron la revelación citada, rechazaron desde ese preciso momento el dogma de la Trinidad, y por miles fueron bautizados en el Nombre del Señor Jesús.
Durante el curso de esos días la P.A.W. se convirtió por tanto en una especie de “Torre de Babel” (Gn. 11:7). Los que por su parte no recibieron la misma revelación no pudieron salir de acuerdo ni entenderse con aquellos que la habían recibido, y tuvo que suceder lo inevitable. La separación produjo ahora dos grupos “Pentecostales” ambos en respecto a las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo, pero distintos en sus fundamentos doctrinales en lo que toca a la Divinidad y al bautismo. Ahora los cristianos Pentecostales “del Nombre”, quienes eran mayoría, retuvieron la estructura del trabajo mundial identificada como la P.A.W. Los Pentecostales “Trinitarios” por su parte se reagruparon, y establecieron la organización que hasta hoy es conocida como Las Asambleas de Dios.
Los integrantes de los movimientos descritos eran en su gran mayoría hasta este tiempo tanto de raza blanca (Norteamericanos y Europeos), como de la raza negra. Mas precisamente en ese mismo año de 1914, entre el movimiento de la P.A.W., el Señor llamó también a algunos hispanos. Estos cristianos latinos recibieron también el don del Espíritu Santo con las correspondientes manifestaciones, siendo a su vez bautizados en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo para el perdón de pecados. De entre ellos el Señor empezó a llamar a algunos para el trabajo del ministerio. Y así empezó también a ser anunciado por estos predicadores latinos, al mundo que habla solamente el idioma español, el mismo mensaje anunciado por los apóstoles en los principios de la Iglesia, que enseña que Dios es solamente Uno, y el bautismo en el Nombre de Jesucristo.
Los pocos ministros hispanos que había en aquellos tiempos, empezaron a trabajar bajo los auspicios tanto espirituales como legales, de la P.A.W. Mas al paso de unos cuantos años se repitió otra vez entre el ministerio de la P.A.W. la historia de “la Torre de Babel”. Pero en esta ocasión la confusión no era de tipo doctrinal sino precisamente de los idiomas. Pues siendo todos los trabajos de la P.A.W. conducidos en inglés, los ministros latinos que hablaban solamente en español empezaron a tener problemas con la comunicación. Y así durante el curso de los 20s, habiendo los predicadores latinos anunciado el mensaje del Nombre entre el pueblo hispano, tanto en los Estados Unidos como en México y en otros países de Latinoamérica, determinaron organizarse por su propia cuenta para reforzar el trabajo en español que ahora de parte de Dios tenían en sus manos en comendado.
Asi corno hasta donde me ha sido posible, he omitido antes la mención de los títulos de las organizaciones religiosas cristianas anteriores y posteriores a la Reforma Protestante, de igual manera procuro omitir ahora los nombres de las múltiples organizaciones del Nombre que se formaron durante el siglo XX después de lo acontecido en la Calle Azusa. Lo mismo hago ahora con los títulos de las múltiples organizaciones y grupos del Nombre que desde entonces y hasta estas fechas se han formado entre el pueblo hispano. Solamente pongo en claro el hecho de que nos es imposible el enumerar hoy las divisiones y subdivisiones que se efectuaron durante el siglo XX, y cuyas raíces vienen del conjunto que se formó en la Calle Azusa. Este a su vez salió de los grupos de la Reforma. Aquellos de los anteriores, y así suce sivamente hasta lo original.
La verdad fundamental es que la Iglesia del Señor no es ni puede reducirse a cierto o cual conjunto particular que reclamare ser “la única”. Dios en sus profundos e incomprensibles juicios (Ro. 11:33), es el único que sabe porqué permite esta operación divisiva entre Su pueblo. Él es quien permitió que se dividiera Israel en dos partes, y que aun desapareciera de los anales de la historia una de esas partes. En el caso de la Iglesia, la maravillosa realidad es que este conjunto de carácter espiritual, que es el cuerpo místico de Cristo el Señor, nunca se ha dividido. El creer o decir que ésta puede ser dividida por los hombres, es fruto de una ignorancia profunda. Y aún más, es un insulto hacia la omnipotencia de Dios. ¿Cómo puede caber en la mente el que un hombre, o un grupo de hombres pueda dividir lo que Dios ha unido? Tal razonamiento tiene invariablemente que ser originado por el espíritu de “el engañador”.
La acción divisiva en la Iglesia ha operado en cambio, siempre y hasta hoy, y en todas las escalas imaginables, en lo que sí se puede dividir, y aun con suma facilidad: En lo que el hombre junta. Estas son las estructuras que los hombres organizan con el fin de controlar y poseerlas ellos mismos. Lo dicho aplica empezando con los grupos locales, y siguiendo con las organizaciones de tipo político-religiosas, no importa el tamaño que estas fueren. Pues la realidad es que el hombre le puede quitar al hombre lo que es del hombre. Pero, pregunto nuevamente: ¿Podrá acaso el hombre quitarle a Dios lo que es de Dios? Las ligaduras de comunión y de compañerismo de los verdaderos integrantes de la Iglesia del Señor no han dependido nunca de arreglos y medidas humanas, antes por lo contrario están sobre todas ellas. Estas ligaduras no podrá desatarlas nunca el infierno, pues están unidas por la virtud del Omnipotente, y por el sacrosanto amor del Dueño de la Iglesia, Jesucristo nuestro Salvador y Dios.
HISTORIA CONTEMPORÁNEA DE LA IGLESIA
Lo explicado anteriormente nos ha conducido a comprobar dos verdades fundamentales innegables. Ira: La Iglesia del Señor es solamente UNA, y desde el preciso momento en que los verdaderos miembros de ella indispensablemente debernos de estar unidos por “la mente de Cristo” (1 Co. 2:16), es imposible que espiritualmente pueda ser dividida. 2da: El sistema de gobierno en la Iglesia, tanto local como regional y universal, debe de ser absolutamente teocrático y permanecer invariablemente como tal (Me. 20:25-28). La historia nos comprueba sin lugar a dudas que siempre que este sistema ha degenerado, la Iglesia inevitablemente ha caído en apostasía. Las muchas y diferentes fragmentaciones que ha sufrido la Iglesia
durante el transcurso de los 19 siglos pasados de su existencia en el mundo, y hasta hoy, han sido causados básicamente por el mismo desvío: El hombre ha tomado el lugar de Dios en Su Iglesia.
Este desvío fue la causa mayor de la apostasía inicial. Y pasados los mil años del Obscurantismo, después de la Reforma Protestante, el ciclo volvió a repetirse. Los vasos usados por Dios para restaurar Su obra, hicieron en sus respectivos tiempos su parte, “por el Espíritu”. Mas al paso del tiempo los re-edificadores respectivos, volvieron a caer en la trampa que desde los tiempos apostólicos reprobó San Pablo diciendo: “¿Tan necios sois? ¿habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?” (Ga. 3:3). El resultado en esta ocasión fue exactamente elmismo que el del principio. Dios trató una vez más de edificar Su Iglesia uniendo a Su pueblo como un cuerpo, pero el ciclo del desvío volvió inexorablemente a repetirse. Para la salida del siglo XIX el cristianismo Protestante se encontraba nuevamente fragmentado, y en una escala mayor, pues había aumentado el número de las estructuras político-religiosas.
En el siglo XX, durante el curso del cum plimiento de la profecía de la “lluvia tardía”, el ciclo aludido volvió nuevamente a repetirse. La nueva y maravillosa operación de restauración en la Iglesia, iniciada por el Espíritu Santo en la Calle Azusa, cayó en su gran parte en el mismo maligno desvío. Para los fines del siglo XX la grande mayoría de los cristianos participantes de este milagro de restau”propiedad” de múltiples dueños. La operación de “Babilonia” volvió a repetirse y así, en un ambiente universal de confusión, cada uno de esos muchos “propietarios” reclama que su respectiva “propiedad” (o sea su propia
organización religiosa), es la “única y verdadera iglesia” y por lo tanto la única fuente de salvación.
Esta idea errónea y absurda es ahora también aceptada incondicionalmente como algo sagrado y correcto; inclusive por multitudes de entre los cristianos que profesan el haber “nacido otra vez” (Juan 3:3), y el haber recibido el Espíritu Santo. Estos están también hasta el presente día viviendo sujetos sumisamente a ese sistema de autoridad de hombre prohibido por el Señor Jesús, olvidando unos y negando voluntariamente otros la advertencia del Espíritu que continúa diciéndoles: “Por precio sois comprados, no os hagáis siervos de los hombres” (1 Co. 7:23). Y: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no volváis otra vez a ser presos en el yugo de servidumbre” (Ga. 5:1). (Veamos que no habla aquí del yugo del pecado sino de la servidumbre hacia aquellos hombres quienes convierten en siervos propios a los hijos de Dios, por medio de las estruc turas religiosas políticas).
CAPÍTULO II
MI PARTE EN LA HISTORIA
Y ha sido precisamente durante estos tiempos del advenimiento de “la lluvia tardía” cuando por la voluntad del Señor le ha tocado a quien esto escribe, el entender la forma en que opera el desvío aludido y reprobarlo con todas las fuerzas y los medios a mi alcance. Ha sido por cierto en esta forma en la que Dios ha querido usar el ministerio que El mismo me ha encomendado, para que haya tenido ya de tomar parte en el desarrollo de la historia contemporánea de la Iglesia durante los últimos 50 años. Pues mi participación no ha sido solamente algo ordinario y pasivo, como yo mismo lo deseé en mis principios, sino ocupando hasta la presente fecha un ministerio altamente controversial, y hoy aun sin títulos ni renombres, netamente de carácter espiritual.
Las raíces de mi participación en el tiempo del advenimiento de “la lluvia tardía” principian en la vida de mi abuelo Refugio Valverde, precisamente en el año profético de 1914 (año en que mi propio padre era un muchacho de 14 años de edad). Habiendo mi abuelo salido de México en el año de 1905, pasó a residir juntamente con su numerosa familia en el Sur del Estado de Texas. Sus nociones religiosas, como lo es hasta hoy en una grande mayoría de nuestros pueblos Latinos, dependían hasta ese entonces de la institución Católico-Romana, con la que a su vez en esos días no salió muy de acuerdo. Pues las ideas “rebeldes y controversiales” de Valverde, no le agradaron al jefe de la parroquia del pueblo, y así incitó a sus feligreses para que sacaran “a la brava” a mi abuelo y su familia de ese pueblo.
Fue precisamente entonces, en ese mismo año de 1914, cuando la suprema bendición de Dios entró en mi generación, pues el Señor puso los medios para que mi abuelo tomara en sus manos por primera vez en su vida el Libro de la Vida, la Santa Biblia, la Palabra de Dios. Mi querido abuelo leyó el contenido del Libro Santo, lo creyó y lo aceptó. Y el mensaje divino del Santo Evangelio, como antes nadie había logrado hacerlo, transformó su vida en una forma radical y completa. Pues en ese mismo año, en la misma forma enérgica y con la misma intensidad de sentimientos que siempre le caracterizó, mi abuelo entregó ahora con todas sus fuerzas su vida a su Señor y Salvador Jesucristo.
El ejemplo fiel, firme y templado de aquel viejo servidor de Dios, fue en sus respectivos tiempos y lugares una inspiración cuya influencia positiva abarcó a muchos. Entre ese grande número estuvieron sus hijos y familias relativas, y muchos de sus nietos, incluyendo al que hoy esto escribe.
Su vida como creyente en Cristo el Señor, desde 1914 hasta 1935 los vivió Refugio Valverde siendo miembro en dos denominaciones Protestantes Trinitarias sucesivamente. Durante todos esos años fue impulsado por el Señor para anunciar el evangelio como un predicador “laico”. En 1920 se trasladó con toda su familia a la ciudad de Fresno, en el Estado de California, donde residió hasta el año de 1932. De allí regresó mi abuelo nuevamente a México, acompañado para entonces no solamente de sus hijos sino ahora de un grande número de nietos entre los cuales este escritor estaba contado. Establecido ya en la entonces pequeña ciudad de Tijuana, Baja California, mi abuelo continuó amando y sirviendo al Señor, y leyendo y anunciando con la misma intensidad el mensaje
divino del Libro Santo que muchos años atrás había tenido el privilegio de conocer.
En el año de 1935, siendo ya mi abuelo un hombre de cerca de 80 años de edad, leyendo la Palabra de Dios recibió revelación del Señor para entender que Dios es UNO, y que la doctrina de la Trinidad no es bíblica. Dios le mostró a la vez que los bautismos que en varios tiempos de su vida había recibido, en las varias denominaciones a que había pertenecido, administrados todos estos en los títulos, ”Padre, Hijo, y Espíritu Santo”, no era ninguno de ellos el verdadero. Y así procuró en ese mismo año el ser bautizado en el único Nombre en el cual hay salvación (Hch. 4:12), en el Nombre que “essobre todo nombre” (Fil. 2:9): En el Nombre de nuestro Señor Jesucristo, según Hechos 2:38, 8:16, 10:48, 19:5, 22:16, Ro. 6:3, Ga. 3:27, y 1 P. 3:21.
Quiso el Señor también mostrarle durante ese mismo tiempo, que el don del Espíritu Santo es promesa de Dios para todos los creyentes hasta el día de hoy (Hch. 2:39). Y así mi amado abuelo, Refugio Valverde, fue lleno a la vez con el sublime poder y virtud del Espíritu Santo, con la evidencia audible de las lenguas como en el Día del Pentecostés priEspíritu Santo (Hch. 1:8), redobló su esfuerzo para anunciar tanto el evangelio de “la gracia” (Ef. 2:5), sacado nuevamente a luz por la Reforma Protestante, como el mensaje supremo del Un Solo Dios (Dt. 6:4), del bautismo en el Nombre, y del don del Espíritu, frutos de la revelación venida durante “la lluvia tardía”.
Mas ahora, precisamente por los tesoros de revelación que había recibido de Dios, y por causa del
NOMBRE, sus propios hijos que no compartieron entonces la misma revelación, encabezados por mi padre, separaron a mi abuelo de mi abuela y lo echaron fuera de su propia casa. Pero la convicción de aquel viejo servidor del Señor era profunda y firme. Continuó por tanto con mayor fervor dando razón de las maravillosas verdades que había recibido de Dios por medio de Su Palabra. Y así, testificando incan sablemente con mucho dolor y lágrimas (porque de esto yo mismo fuí testigo), vió mi abuelo a su tiempo el fruto de su trabajo. Pues muchos, tanto entre su propia familia como entre aquellas gentes de la región que por su conducto recibieron el mensaje de salva ción, creyeron en el Señor.
De esta última parte de la vida de mi abuelo, inclusive de sus breves años como un predicador del Nombre, dieron razón los demás ministros y miembros que juntamente con él fueron fundadores de la entonces naciente iglesia en Tijuana. Esta a su vez era para entonces parte del conjunto de congregaciones del Nombre que se habían establecido ya “por el Espíritu” en la República Mexicana durante los 20 años anteriores, por instrumentalidad de aquellos ministros pioneros que eran a su vez producto de “la lluvia tardía”. Estas congregaciones pasaron a su tiempo a integrar la estructura religiosa en la que en mi tiempo yo vine a ser parte, y a servir en los primeros años de mi ministerio.
En el año de 1942, a la edad de 82 años, mi querido abuelo terminó fielmente su carrera en este mundo, y “partió del cuerpo para estar presente al Señor” (2 Co. 5:8) llevando consigo la gloriosa esperanza de cada fiel siervo de Dios. La vida y ministerio ejemplar de Refugio Valverde dejó en este su nieto una inspiradora e indeleble memoria que
permanecerá conmigo hasta el fin de mis días. Pues inclusive me honra el declarar que a mi Dios le ha placido que el ministerio de mi abuelo sea el eslabón que conecta mi propio ministerio con las mani festaciones iniciales de “la lluvia tardía” en la Calle Azusa, y con las revelaciones maravillosas subsiguientes en el año de 1914.
Pasaron los años y en el 1948, por la misericordia de Dios llegó ahora mi turno. La vida amargada y en pecado de aquel joven de 20 años de edad, fue transformada milagrosamente por el poder de la misma Palabra del Cristo de la gloria que había operado antes en mi abuelo. Juntamente con mi amada esposa, con quien en ese mismo año uní mi destino, empecé a servir al Señor. La parte inicial de mi conversión al Señor fue también en el ambiente de una denominación Protestante Trinitaria, en donde tres semanas antes de nuestra boda fuimos ambos bautizados en los títulos: “Padre, Hijo, y Espíritu Santo.” Mas pasados unos cuantos meses, al igual como aconteció con mi recordado abuelo, quiso Dios darme también a mí la revelación de “la doctrina de los apóstoles”(Hch. 2:42). Y así fuimos, mi esposa y yo, bautizados en el Nombre de Jesucristo el Señor, recibiendo también de nuestro Dios el don de Su Espíritu Santo.
Para el tiempo de mi conversión había entre el pueblo Hispano varios movimientos entre los cristianos del Nombre, incluyendo el grupo al que yo ahora pertenecía, que estaban ya siendo fuertemente llevados por la corriente desviada del control político religioso. A mí mismo se me instruyó entonces con esa enseñanza que hoy repruebo, diciéndoseme que la organización religiosa de la que ahora yo era miembro era la “única y verdadera iglesia” en el mundo. Como
se puede entender, en mi niñez espiritual yo creí que aquello era la verdad de Dios. Y convencido de ello empecé a caminar sosteniendo entonces yo mismo esa idea errónea, y contribuyendo con todas las fuerzas y los medios posibles a mi alcance en favor de la sobre-edificación de aquella entonces creciente estructura político-religiosa. Y así participé intensamente durante los primeros siete años de mi servicio y ministerio activo, en aquella organización que para ese tiempo contaba ya con un regular número de congregaciones a las cuales a su vez estrictamente controlaba a lo largo de toda la República Mexicana.
En una convención en el año de 1951 fui nombrado para servir como líder de los miembros varones laicos entre las iglesias de la región, que abarcaba entonces la península de Baja California y el Noroeste del Estado de Sonora. En tal posición empecé por tanto en ese mismo año a viajar primeramente por la región, y al poco tiempo, ahora con un título de carácter nacional, por toda la República. Ocupando este puesto, y a su tiempo entonces otros más de carácter ministerial que no tiene caso el enumerarlos, fue testigo el Señor y Su pueblo de la forma intensa con que serví durante esos años dentro de esa organi zación religiosa en México, hasta fines del año 1957.
Esos años de servicio entre mi raza, pobre y sufrida, fueron para mí el “seminario” de la experiencia en el mismo trabajo en el cual quiso Dios que me “graduara”. Y así, viajando continuamente por la República Mexicana con muchas penalidades, pruebas y limitaciones (y pobrezas que inclusive hubieron de sufrir durante esos años mi esposa y mis hijos), hube de aprender bastante. Pues pude ver y experimentar en mí mismo, conocer y entender a fondo la manera en que funciona ese sistema de
gobierno de autoridad de hombre cuya estructura está prohibida por el Señor para Su Iglesia. Pero aun todavía me faltaba mucho más que aprender. Pues a pesar de que a mí mismo me hizo muchas veces la vida miserable el espíritu de este sistema, yo seguía aún creyendo que ese era el orden correcto de gobierno de Dios en la Iglesia. La prueba de ello está en lo que tuve de contribuir para la edificación de esa estructura durante los años que en ella tomé parte muy directa y activamente.
Para fines del año 1957 el Señor quiso cambiar radicalmente el curso de mi vida y de mi ministerio, y permitió que fuera entonces usado para esto “el espíritu del sistema”. Pues en formas y aconte cimientos sobre los que tampoco tiene caso aquí el elaborar, fui sacudido en tal forma en mi espíritu al grado que determiné hacer lo que nunca había aceptado antes hacer: salir de México. Por la razón descrita tuve entonces que desprenderme, con un profundo dolor ciertamente, de la multitud de cristianos a quienes aprendí a amar y a servir durante los años de mi ministración en México. En esta forma se cerró el primer capítulo de mi ministerio, no realizando yo para entonces que aún estaban otros más por delante en el curso de los años en mi vida.
En los fines del año 1957 salimos de México yo y mi familia, trasladando tanto nuestra membrecía como mi afiliación ministerial a la organización hispana en los Estados Unidos. (En el sentido legal nuestro traslado no era ningún problema por cuanto tanto mi esposa como yo somos ciudadanos Norte-americanos por nacimiento). Esta organización, como se podrá entender, sostenía por su parte no solamente los mismos fundamentos doctrinales mas también la misma estructura política de gobierno. Estando pues
ahora ya en los Estados Unidos, por razón de los puestos de renombre con que había servido en la organización anterior, fui recibido con distinciones honoríficas por parte de quienes eran entonces las autoridades ministeriales eclesiásticas mayores en la organización religiosa en este país.
Entrando el año de 1958, por orden e ins trumentalidad de las autoridades aludidas, fui establecido como pastor de la iglesia en Salinas, California. En el curso de ese mismo año nuevamente empecé a escalar en la estructura de que ahora formaba parte, pasando ahora a ocupar puestos de prominencia siendo uno de estos como miembro de la mesa directiva de la organización. Estando en esa posición tuve entonces de continuar viajando, teniendo así la oportunidad de conocer y de ser co nocido ahora en este país por los ministros y cris tianos del Nombre, tanto de la propia denominación como de otras con quienes sosteníamos relaciones fraternales entonces. En el año de 1962, a raíz del fallecimiento del obispo supervisor del distrito Norte de California, en el cual yo era uno de los más de 60 pastores entonces, y funcionaba a la vez como supervisor auxiliar en una de las regiones del mismo, resulté electo para tomar el lugar de aquel ministro que había partido para estar con el Señor.
Así continué sirviendo con la misma intensidad de siempre, por medio de los puestos de prominencia que ahora de nuevo ocupaba, tanto a los ministros como a las iglesias de la organización. Y continué así por lo tanto, de igual manera como lo había hecho yaantes en México, funcionando en esa misma forma de trabajo que ha caracterizado invariablemente y en todos los tiempos a cada organización político-religiosa. Pues según entonces usando todas mis
fuerzas, experiencias y capacidad, esmerándome tanto por la preservación como por la reestructuración del sistema del cual ahora era un ministro prominente. Así que ocupado intensamente en el desempeño de estas funciones, lógicamente se aumentaron mis experiencias y conocimientos sobre cómo opera ese sistema que tantos daños ha hecho por los siglos al cristianismo.
Llegó el año de 1966, y con éste también la fecha de la convención general electoral de la organización. Estando contado entre los candidatos que según las leyes de ésta, calificábamos para ocupar el puesto de mayor autoridad, para mi propia consternación fui en esa reunión ministerial electo obispo presidente de la organización. Ya para ese tiempo eran muchas las experiencias negativas que estaban en mi memoria, por las cuales entendía sin lugar a dudas que había muchas cosas que no estaban bien en la estructura político-religiosa. Pero pensé entonces que ocupando ahora el puesto de mayor autoridad ministerial podría por medio de él, en alguna forma lograr el corregir cuando menos algunas de las anomalías mayores que observaba. Y así melancé nuevamente con mayores bríos a luchar por un ideal ilusorio, pues no entendía aún con suficiente claridad el hecho de que el sistema aludido es unespíritu en sí. Que es algo más que solamente “sangre y carne” (Ef. 6:12).
Dios me estaba permitiendo entonces el vivir una experiencia más, y mayor que las anteriores. Lo que experimenté durante aquellos tres años y medio en que ocupé el puesto referido, al igual que todo lo anterior, está ya sellado delante de Dios. Mas todo ello a mí me ha servido ahora como una base sólida para reprobar con autoridad espiritual el desvío aludido.
Pues la información general que hoy estoy dando sobre la historia de mi ministerio, es la prueba de que me consta lo que hoy enseño: Que el sistema degobierno de autoridad de hombre nunca podrá traer al pueblo cristiano la bendición que éste necesita; antes por lo contrario. Pues a pesar de la popularidad de este sistema entre el cristianismo hasta hoy, sigue siendo una desobediencia grave en contra de lo ordenado por el Dueño de la Iglesia quien dijo: “Entre vosotros no será así”.
Durante los últimos años de mi ministración dentro de aquella organización religiosa, yo no entendía en forma plena la magnitud de la orden divina citada tal como lo entiendo ahora. Sin embargo lo que ya para entonces había a lo largo del camino percibido al respecto, me impulsaba a reprobar duramente aquellas cosas que conforme la justicia de Dios yo consideraba que no estaban correctas. Esta actitud de mi parte tuvo naturalmente de ir fomen tando una tensión de rivalidad entre mi y los otros líderes de la organización, cuyos conceptos diferían de los míos. Esa tensión hizo crisis a tal grado, que llegó el tiempo en que nuestras relaciones se agravaron en tal forma que ya no nos era posible el caminar juntos. Algunos de los acontecimientos finales que pre cedieron a la separación final, me fueron muy duros y dolorosos.
Después de haber estado ministrando en forma intensa al pueblo de Dios por más de 20 años en aquel medio ambiente, puede entenderse que éste se había hecho ya para entonces parte de mi propia vida. El Señor es testigo de que todo lo hecho y dicho por mi parte allí, fue con el intento y sincero anhelo de reformar el sistema. Pues durante todos aquellos años había aprendido a amar a las multitudes de mis
hermanos a tal grado que nunca me imaginaba entonces, que iba a llegar un día en el que tendría de desprenderme de entre ellos. Insisto en el hecho de que yo no comprendía entonces que no era con “sangre y carne” con quien estaba luchando. Que no era con mis compañeros de entonces aquella pugna, sino con el poderoso y sutil espíritu del sistema. Pero inexorablemente aquel día llegó y ahora entiendo que sobre todo lo que pudo haber acontecido, fue la mano del Señor la que con un propósito definido me sacó (Ro. 8:28).
Digo ya antes que no es posible ni tiene caso mencionar el sinnúmero de experiencias vividas. Mas hay una que a justicia delante del Señor no cabe el omitir, por cuanto fue lo más doloroso que cual precio de mi desprendimiento Dios permitió que tuviera en aquellos días de vivir. Durante el transcurso de todo el año 1970 y la primera parte del 1971, en una experiencia inexplicable y profundamente dolorosa, vi a mi fiel y amada esposa perder en forma completa su mente. Y esto, no en una manera pasiva o liviana, sino en una forma tan dura y triste que no se la deseo ni al más acérrimo de mis enemigos gratuitos. Pero Dios, en cumplimiento de un mensaje que por el Espíritu Santo antes me había dado, cuando mi desprendimiento del sistema fue consumado en forma definitiva, hizo el milagro de regresarme de las garras de la misma muerte a mi compañera. Nunca he dejado de darle gracias a mi Señor por poder tenerla hasta hoy conmigo.
En el curso de ese mismo año de 1970, por la voluntad del Señor, dejé de ocupar en aquella organización religiosa el puesto de autoridad minis terial ya antes referido. A continuación, en una serie subsiguiente de rápidos y desagradables aconte
cimientos, el 1 8 de Marzo de 1971 (mismo día en que Dios hizo el milagro de volver a mi esposa a la vida y a su mente), permitió el Señor, que en una forma por demás espectacular me desprendiera en forma definitiva de aquella estructura político-religiosa. (Cabe aquí mencionar que juntamente conmigo se separaron un número de ministros y fieles, quienes desde entonces compartieron también conmigo las mismas convicciones).
En esos mismos días el Señor me mostró que tal desprendimiento no fue sólo o meramente de la dicha organización, sino el primer paso para entrar en la tercera y última etapa de mi ministerio. Hoy, después de cerca de 30 años ya, ha querido Dios que mi ministerio esté conectado en una forma más extensa con la Iglesia del Señor en el mundo, y con la historia de ella. Cuando la segunda etapa de mi ministerio terminó, al igual que en la ocasión anterior, el Señor me dirigió hacia la siguiente. Pues estando ya desatado de esas ligaduras que caracterizan a las estructuras religiosas políticas, fui movido para buscar y relacionarme con los muchos cristianos que también han recibido revelación sobre la verdad fundamental que aquí nos ocupa.
Esta relación de fraternidad principió, como es natural, entre nuestro propio pueblo Hispano en los Estados Unidos, en México, en otros países de Latinoamérica y en España. Hoy en el ambiente de esta fraternidad internacional, tanto las congre gaciones que ya existían como las que después también por el Espíritu se han levantado, son autónomas. Cada uno es responsable ante el Señor tanto de su vida en el aspecto espiritual, como en lo material. El compañerismo entre los pastorados participantes en esta fraternidad, es netamente
voluntario. Y está basado en un amor genuino hacia Jesucristo como nuestro Señor y Dios, en la aceptación de los mismos fundamentos doctrinales, y en una unión fraternal que consiste exclusivamente en lazos de sinceridad y de un amor no fingido.
Este es un compañerismo donde no existen jerarquías ni rangos estructurales de autoridad de carácter político, y entre el cual el ministerio pastoral es considerado como la responsabilidad mayor; en un ambiente espiritual en el que se le brinda a cada quien, por sus hermanos y compañeros, sin ventajas, envidias ni rivalidades, el lugar o ministerio que por el Espíritu Santo ocupare en el cuerpo de Cristo el Señor, que es Su Iglesia (1 Co. 12:4-27). Los cristianos de la fraternidad hispana reconocemos a la vez que somos parte integrantes, y “miembros en parte” de la Iglesia universal. Pues esta relación fraternal ha cobrado para estas fechas un carácter mundial, extendiéndose através de barreras, fronteras y continentes, alcanzando otras razas y lenguas. Todo esto ciertamente en una continuación del cumpli miento de la profética “lluvia tardía”.
Para fines del mismo año 1971, Dios dirigió mis pasos para que me uniera en compañerismo con varios líderes cristianos de los Estados Unidos, de Europa y de Africa, iniciando entonces lo que para estos tiempos, después de cerca de 30 años ya, ha sido conocida como la Fraternidad Cristiana Apostólica Mundial. A principios de 1972, en la Ciudad de Jerusalem, reunidos más de 200 ministros, en representación de grupos de la común fe, de diferentes partes del mundo, llevamos a cabo nuestro primer congreso mundial anual. Por cerca de 30 años Dios ha obrado para que un grupo repre sentativo mundial de líderes cristianos, podamos
reunirnos anualmente para cultivar la fraternidad y el amor cristiano.
Local, regional o nacionalmente, cada iglesia o grupo de iglesias respeta y se sujeta a las leyes civiles del país correspondiente, de acuerdo con lo que las Escrituras nos enseñan en Romanos 13:1-6, y Tito 3: 1 , y 1 Pedro 2:13-14. De igual manera cada congregación, o grupo particular de congregaciones respeta las diferencias culturales o tradicionales que, por razón de regiones geográficas o diferencias de razas, hubiere en las demás. Esta actitud aplica de igual manera en lo que respecta a divergencias de interpretaciones doctrinales y proféticas. Pues aparte de las doctrinas fundamentales que nos unen, las cuales ya antes mencionamos, inevitablemente prevalecen muchas diferencias. Estamos conscientes que es nuestro mismo Dios quien, por razón de la universalidad de Su Iglesia, permite que las diferencias existan entre Su pueblo.
COMENTARIO FINAL
Hoy, después de 20 siglos, y cuando la Segunda Venida del Señor es inminente, el profesante cristia nismo cuenta con aproximadamente mil quinientos millones de adherentes. Después de dos milenios de existencia, las ramificaciones doctrinales y organiza cionales han transformado al cristianismo original, convirtiéndolo en una madeja de confusión. De un conjunto original compacto, se ha transformado en una “Torre de Babel” de proporciones universales donde cada grupo, desde el más grande hasta el más pequeño (y aún hasta cada individuo), habla su propio “lenguaje” (Gn. 11:9) y se siente con derecho de monopolizar tanto a Dios como su mensaje de salvación.
La innegable realidad es que ninguno de los hom bres podríamos tener jamás la suficiente capacidad para poder siquiera comprender la profundidad de esta
“Babilonia”, mucho menos la autoridad para solucionar su confusión. Quienes reclaman tener tales facultades, como el control y primacía sobre la Iglesia del Señor, automáticamente quedan reprobados por la Palabra de Dios (3 Juan 9). El único que tiene tal autoridad, capacidad y derecho, es el Dueño de la Iglesia: “El Pastor y Obispo de nuestras almas” (1 P. 2:25).
Por nuestra parte, sosteniendo en grupo o individualmente nuestras propias convicciones, respetamos a la vez al resto del cristianismo. Reco nocemos la soberanía universal de nuestro Dios y Salvador Jesucristo como el Supremo Juez, especial-mente entre Su pueblo. Hoy Su Palabra rige la vida delcreyente humilde y fiel en Su Iglesia; los soberbios no la obedecen. Mas en Su Venida, el Señor mismo hará la diferencia. “Entonces os tornaréis, y echaréis de ver la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve” (Mal 3:18). •
BENDICIÓN INDIVIDUAL
Israel fue creado por Dios para que le sirviera a Él como una nación. Hasta hoy el Judío natural no “se hace Judío”, sino que “nace Judío”.En la Iglesia nadie ”nace cristiano”, el creer en un cristianismo por abolengo ha sido uno de los errores más grandes entre éste. El convertirse en cristiano debe ser invariablemente una experiencia personal e individual con el Señor Jesucristo. Nadie puede por tanto ser un verdadero cristiano solamente por pertenecer a cierta familia o grupo religioso.
Si tú, mi hermano lector, eres hoy uno de los humanos que ha conocido personalmente al Salvador del mundo, y que por lo tanto le amas con amor intenso y hoy le estás sirviendo con todas las fuerzas y capacidad de tu ser, eso es lo que te da el derecho y privilegio incomparable de ser miembro de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. Y si en verdad le amas a Él, amas también a todos tus hermanos en el mundo a través de barreras, fronteras, razas y lenguas. Por lo tanto tú eres mi hermano.
Para ti, entonces, es esta final bendición individual que por orden de nuestro Dios estoy impartiendo:
“El Señor te bendiga y te guarde. Haga resplandecer el Señor Su rostro sobre ti,
y haya de ti misericordia. El Señor alce a tí Su rostro y ponga en ti paz”.
(Números 6:24-26)


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Conferencia Anual de Pastores y Ministros en Guadalajara, Jalisco. –
Fecha: 16,17,18 y 19 de septiembre, 2010.-
Lugar de Reunión: Hotel Santiago de Compostela – Colon No. 272-A Centro TEL. +52 (33) 3613-8880.
Las actividades darán principio el día jueves por la tarde. Para mas detalles puede informarse marcando los números: Pastor Efraím Valverde, III (831) 422-0647, (831) [...]
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