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La Muerte y los Hijos de Dios – Por Pastor Efraim Valverde, Sr.

January 25, 2010 Libros No Comments

LA MUERTE Y LOS HIJOS DE DIOS

Pastor E. Valverde, Sr.

Tampoco, hermanos, queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4:13).

El tema de la muerte es algo que muchos humanos, incluso muchos creyentes en el Señor, tratan de ignorar durante sus vidas. La realidad es que pueden ciertamente evadir el hablar de la muerte, pero no existe ni uno que pueda evitarla.

De acuerdo con la información que encontramos en el Libro de Dios, la Santa Biblia, desde el principio la muerte ha sido un terrible fantasma que el género humano siempre ha tenido. Aún hoy, después de 6 milenios de existencia, el hombre con todo y sus adelantos científicos no ha podido descifrar el misterio enigmático de la muerte. Por tal razón, hasta hoy, los que no han conocido en realidad el maravilloso Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viven “por el temor de la muerte… por toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:15).

En lo que toca a nosotros los humanos, la muerte no es el fin como en el caso de todos los demás seres vivientes. Es solamente la separación del ser espiritual inmortal, del cuerpo humano mortal. Esta verdad es inmutable y no importa qué tanto digan los demonios para negarla, por la voluntad soberana del Todopoderoso “está establecido a los hombres que mueran una vez [en su humanidad], y después el juicio [en su ser eterno] (Hebreos 9:27).

Unos cuantos días antes de la primera edición de este libro, en un rapto de entendimiento, el Señor me mostró que hay muchos creyentes cuyas mentes no están afirmadas en la maravillosa verdad de lo que es en realidad la muerte para los hijos de Dios. Por esta razón, al enfrentarse con la muerte, actúan “como los otros que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4:13).

Mi oración al Señor, una vez más, es que este libro pueda serle de ayuda y edificación a muchos de los hijos de Dios. Especialmente para que aquellos quienes recitando de memoria la declaración del apóstol Pablo, “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21), puedan darse cuenta más a fondo de la maravillosa verdad que estas palabras encierran.

LA DOCTRINA DE LA RESURRECCIÓN

¿Porqué se angustian al extremo muchas veces algunos cristianos cuando termina su vida terrenal algún familiar que, en los días de su peregrinación en la Tierra, creyó en el Señor Jesús y le sirvió fielmente? La respuesta invariable es que les falta conocimiento en las Sagradas Escrituras, puesto que si estuvieren bien conscientes de lo que la Santa Palabra dice al respecto, seguramente que no actuarían así, antes harían conforme al consejo del texto que precisamente se edita para confirmación de quienes ya saben y para instrucción de los que la necesitaren.

La muerte física ha sido y es, para la mayoría de la humanidad, un misterio y un fantasma que inspira terror y espanto, siendo esto normal en el caso del incrédulo y del que no conoce al Señor. Mas al tratarse del cristiano fiel, la situación es completamente diferente, pues el apóstol Pablo nos dice que: “Nuestro Salvador Jesucristo quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio” (2 Timoteo 1:10).

También el Espíritu Santo nos dice, hablando del tiempo de la gracia: “Bienaventurados los muertos que de aquí adelante mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansarán de sus trabajos; porque sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13). Ciertamente que en el Antiguo Testamento se habla de la muerte, como también de la resurrección (tanto de los justos como de los impíos), pero es hasta el Nuevo Testamento cuando este misterio es declarado ampliamente, tanto por el mismo Señor como por Sus apóstoles.

Cabe aquí mencionar las actuales doctrinas erróneas que enseñan, en cambio, que la muerte de los pecadores irredentos es semejante a la muerte de los animales, o sea, que terminando la vida aquí, termina completamente la existencia del humano. Para comprobar esa doctrina desviada, sus autores citan torcidamente escrituras tales como: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4) y “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Entonces usan las palabras “morirá” y “muerte” como si quisieran decir o significaran “el fin”, cosa que es correcta en el caso de los seres irracionales, pero que es diferente tratándose de los humanos, quienes fuimos hechos a la imagen de Dios (Génesis 1:27).

La Escritura es muy clara en esta parte y el Espíritu Santo, por el profeta Daniel, confirma enfáticamente desde el Antiguo Testamento que no solamente los creyentes vivirán para siempre después de la muerte física, sino también los impíos: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2). Léase también Juan 5:28-29.

EL RELATO DEL RICO Y LÁZARO

Por su parte, cuando el Señor describe la parábola del rico y Lázaro, no está contando un cuento mitológico, sino contestando precisamente la pregunta que dejó en suspenso a Salomón cuando dijo: “¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres suba arriba, y que el espíritu del animal descienda debajo de la tierra?” (Eclesiastés 3:21). Pues leemos: “Y aconteció que murió [Lázaro] el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado. Y en el infierno alzó sus ojos, estando en los tormentos y vio a Abraham de lejos y a Lázaro en su seno” (Lucas 16:22-23).

En Hebreos 9:27 se nos declara que “está establecido a los hombres que mueran una vez y después el juicio”. Así que los humanos ―tanto creyentes como impíos― seguimos viviendo después de la muerte fisica, pues de otra manera sería una burla el mensaje de salvación y no tendría caso ser fiel a Dios, puesto que para escaparse del juicio todo lo que tendría que hacer es no creer en Cristo y morirse como los animales irracionales y se acabó todo. Pero, ¿qué nos dice La Escritura?… Si las cosas fueran así, “comamos y bebamos, que mañana moriremos. No erréis, las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:32-33). La muerte física para el humano, lo crea o no, es sólo la separación de la materia y el espíritu.

Por tanto, dejando confirmada esta inmutable realidad, continuemos ahora con el tema principal de este estudio. Pasemos pues a considerar cuál es el efecto de la muerte física en los hijos de Dios conforme lo declara el Nuevo Testamento en donde, como ya mencionamos antes, encontramos la maravillosa solución de este profundo tema que para miles y millones es hasta el día de hoy un inexplicable y oscuro misterio, declarado, en cambio, a los que amamos y servimos al Señor Jesucristo.

En la 1ª a los Tesalonicenses, capítulo cuatro, del versículo 13 al 18, está una lectura que por lo regular se lee cada vez que se da sepultura al cuerpo de un cristiano. En el curso de esta porción bíblica se usa tres veces el verbo “dormir”, cuando el que debería usarse es el verbo “morir”, puesto que se está tratando del que murió. Pero el cambio de un verbo por otro no es equivocación sino que, precisamente, el Espíritu Santo, por medio del apóstol Pablo, nos declara la maravillosa verdad de que la muerte física no es el fin del creyente en Cristo, sino que es solamente la separación de los dos elementos de que estamos hechos. Éstos son: la materia (el cuerpo de carne y hueso) y aquello que el apóstol Pablo llama “el hombre interior” (Romanos 7:22) y el apóstol Pedro, “el hombre del corazón” (1 Pedro 3:4); nómbresele ahora alma, ánima, espíritu o como se deseare.

La realidad innegable aquí es que el cuerpo exterior, o sea, el “tabernáculo” (2 Pedro 1:14) o “la casa terrestre de nuestra habitación” (2 Corintios 5:1), pasa a “dormir” el sueño de la muerte; y el interior, o sea, el espiritual, pasa para “estar presente al Señor” (2 Corintios 5:8).

Tanto los apóstoles como el resto de los cristianos primitivos estaban conscientes y bien confirmados en esta maravillosa revelación. Por tal razón fueron con gozo hasta el mismo martirio, ofrendando sus vidas por amor y causa del Nombre divino de nuestro Señor Jesucristo quien también dijo: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas al alma no pueden matar” (Mateo 10:28). El apóstol Pablo describe exactamente el sentir de todos ellos cuando nos dice: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).

Fijémonos cuán marcado es el contraste entre el cristianismo real y verdadero y el cristianismo de apariencia en medio del cual vivimos en estos días, donde miles y miles de profesantes cristianos están muy lejos de sentir como dice en realidad la Palabra de Vida con relación a “partir del cuerpo”. La prueba está que cuando les llega invariablemente el turno de que algún ser querido “muere en el Señor”, es penoso ver el horror que le tienen a la muerte, lo cual a su vez los hace tomar una actitud completamente contraria a lo que enseñan las Sagradas Escrituras, a grado de servir de tropiezo y de confusión a los gentiles que no conocen al Señor Jesús.

Dejamos dicho pues, que la muerte física para el creyente en Cristo es el “dormir” de que se nos habla tanto en la escritura citada como en otras muchas más, refiriéndose en ello al cuerpo humano que dejando de existir pasa al polvo, de acuerdo con la sentencia inicial (Génesis 3:19), a dormir el sueño de la tumba, del cual a su tiempo será despertado de acuerdo a la gloriosa promesa profetizada desde la antigüedad, en la cual dice el Señor: “Y la tierra echará los muertos” (Isaías 26:19).

No es, por tanto, muy difícil para el cristiano el entender el proceso que se opera en el cuerpo en el momento que muere, pues es la parte material que se puede ver con los ojos naturales. Pero la otra parte, la que no se ve, la que no es materia y que no se puede palpar con las manos, esa no pasa a “dormir” ni va al polvo sino que, desprendiéndose de la materia, es trasladada a un lugar especial. Esto es precisamente lo que muchos cristianos no entienden claramente, aún siendo creyentes en la resurrección.

¿ADÓNDE ES TRASLADADO EL CREYENTE?

El lugar a donde es trasladado el creyente fiel al morir no es algo imaginario, como lo ha sido siempre y lo es hasta hoy entre aquellos que no saben o ignoran la verdad, sino que es un lugar que con certeza y claridad nos marcan tanto el mismo Señor como sus apóstoles. A continuación incito al lector para que, abriendo el Libro Santo, compruebe por sí mismo la maravillosa verdad que aquí tratamos y así, conocedor del misterio, le sea de bendición.

El mismo Señor llama a ese lugar “el seno de Abraham” cuando describe la muerte de Lázaro, el mendigo: “Y aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lucas 16:22). También es el mismo Señor quien nombra “el Paraíso” para describir el lugar a donde pasan a seguir viviendo aquellos que han creído en Él y terminan su vida aquí en la Tierra. Cuando uno de aquellos ladrones que fueron crucificados a los lados del Señor se arrepintió diciéndole al Maestro: “Acuérdate de mí cuando vinieres a Tu reino”, entonces el Señor Jesús le dijo: “De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23:39-43).

El apóstol Pablo, testificando de las visiones y revelaciones que recibió de Dios, da razón de haber mirado “el Paraíso” cuando dice: “Conozco a un hombre en Cristo [hablando de él mismo], que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé, si fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco tal hombre, (si en el cuerpo, no lo sé, si fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe,) que fue arrebatado al Paraíso, donde oyó palabras secretas que el hombre no puede decir” (2 Corintios 12:2-4).

Nuevamente el mismo Señor menciona “el Paraíso” cuando habla con el apóstol Juan en Las Revelaciones, diciendo: “Al que venciere, daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del Paraíso de Dios” (Apocalipsis 2:7). Otra vez es el apóstol Pablo quien nos da razón tres veces del día de su muerte, pero no usa el término “muerte” para describir esa experiencia, sino que usa unas expresiones gloriosas que a nosotros nos abren los ojos del alma para poder también anhelar ese día, y dice: “Mas confiamos y más quisiéramos partir del cuerpo y estar presentes al Señor”, cuando aconseja a los Corintios diciéndoles que nuestro cuerpo humano es solamente “la casa terrestre de nuestra habitación” y que esperamos una mejor, la “celestial” (2 Corintios 5:1-8).

Hablando a los Filipenses de su amor por ellos y del dilema de quedar en carne por amor a ellos o recibir su “ganancia” (morir), les dice: “Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de ser desatado y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor” (Filipenses 1:21-23). Y por último, teniendo ya en su conocimiento el día de su sentencia para ser decapitado, glorificando con su muerte en el martirio a su Señor, al igual que sus demás compañeros apóstoles (exceptuando al apóstol Juan), se dirige a su hijo Timoteo y le dice: “Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano” (2 Timoteo 4:6).

Por su parte, también el apóstol Pedro, siendo participante del mismo glorioso conocimiento, nos habla en términos similares al referirse al día de su muerte diciendo: “Sabiendo que brevemente tengo de dejar mi tabernáculo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado” (2 Pedro 1:14). Todas estas expresiones reveladoras, tanto del mismo Señor como también de los hombres a quienes Él escogió para que fueran nuestros instructores espirituales, nos declaran la maravillosa verdad de que la muerte es la suprema ganancia para los hijos de Dios.

Al partir del cuerpo, ser desatado o dejar este tabernáculo, es pasar al instante a estar en “el Paraíso”, a estar con el Señor, esperando que llegue “aquel día” (2 Timoteo 4:8) en que el cuerpo que durmió el sueño de la muerte “despierte” en el instante de la resurrección transformado en un cuerpo de gloria que es, a su vez, “nuestra habitación celestial” (2 Corintios 5:12). Pues, “no os maravilléis de esto; porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán Su voz; y los que hicieron bien saldrán a resurrección de vida, mas los que hicieron mal a resurrección de condenación” (Juan 5:28-29).

Entendiendo estas sublimes verdades, podemos entonces comprender a los millones de mártires que en el transcurso de cerca de 20 siglos (da razón la historia) ofrendaron con gozo sus vidas cual un holocausto en el martirio, sabiendo que así “ganaban” el estar presentes a su Señor. Esto lo han entendido también, y lo están viviendo hoy, nuestros hermanos en otras partes del mundo, a quienes ya el Maestro “les ha concedido, no sólo que crean en Él, sino que también padezcan por Él” (Filipenses 1:29), los cuales, al igual que sus antecesores, están hoy de la misma manera no solamente perseguidos y privados del derecho de poder servir y adorar al Señor con libertad, mas también ofrendando sus vidas con gozo en el martirio para ser desatados y estar con Cristo, “lo cual es mucho mejor”.

LA SEGURIDAD DE LOS MÁRTIRES

Entendiendo que los días que están por delante son duros y difíciles, y que viene también la persecución y la muerte para muchos de los verdaderos seguidores de Cristo en estas partes del mundo, donde hasta la presente fecha aún no ha llegado, nos conviene ciertamente estar preparados en nuestros entendimientos para poder vivir lo que está escrito: “Aun nos gloriamos en las tribulaciones” (Romanos 5:3). Y así, confirmados de lo que es la muerte para los hijos de Dios, glorificar al Señor con nuestra actitud cada vez que se presentare la oportunidad, testificando de nuestra esperanza con firmeza a aquellos “otros que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4:13) para que ellos a su vez puedan también conocer y ser poseedores de esta gloriosa esperanza.

Quiera el Señor que este libro pueda ser de ayuda y beneficio para muchos de nuestros hermanos en la fe del Señor Jesús, para que estemos así todos preparados para cuando se nos presente esa inevitable confrontación entre “La Muerte y los Hijos de Dios”. •

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