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Las Inmundicias de la Carne – Por Pastor Efraim Valverde, Sr.

January 25, 2010 Libros 1 Comment

INTRODUCCIÓN

Viendo el título de este libro, pienso que a más de algun lector no va a parecerle agradable el presente tema. Pero la Palabra inspirada por el Espíritu Santo está en pie, y no podemos negarla y mucho menos quitarla. Ciertamente que muchos han tratado de ignorar esta desagradable realidad, pero todo lo que con tal actitud han conseguido es hacerse mal a sí mismos. Pues “la inmundicia de la carne” no se desaparece con cerrar los ojos, o decir que no está.

Para el tiempo que esto escribo soy ya un viejo ministro que ha servido entre el pueblo de Dios por medio siglo. No he estado reducido en mi ministerio a una área limitada, ni a un número reducido de creyentes y aun de ministros. Para hoy mi conexión es con hijos de Dios de diferentes razas y en varios continentes. Por tanto lo que digo en este comentario lo baso en lo que he visto a lo largo de mi caminar, en diferentes tiempos y lugares.

Inclusive, lo dicho lo he comprobado en incon table número de ocasiones con los lamentos que he oído en boca de muchos cristianos sinceros quienes, como el siervo Job, “aborrecen su carne” (Job 42:6). Y estos lamentos los he escuchado tanto de los miembros de las congregaciones: hombres, mujeres, mayores y jóvenes, como también de ministros de diferentes edades, razas, y categorías.

La verdad es que aun el ministro más distin guido entre el cristianismo durante los 20 siglos que ya han pasado, San Pablo, nuestro apóstol, el apóstol de los Gentiles, para darnos a nosotros un ejemplo y una lección se humilla al extremo y avergüenza su propia carne, diciendo: “Y yo séque en mí (es a saber

en mí carne) no mora el bien ”, y continúa (Ro.
7:15-25). Así que nos nos queda otra alternativa mas que aceptar la realidad, por más que ésta nos

desagrade, y hacerle frente a la situación reconociéndola y hablando de ella. Pues sé que esto es una de las armas mas efectivas que podemos usar para pelear contra las inmundicias de nuestra propia carne. Teniendo esto en mente el apóstol Santiago nos dice: “Confesáos vuestras faltas los unos a los otros, y rogad los unos por los otros, para que seáis sanos” (Stg. 5:16).

EL EDITOR

PRIMERA PARTE

EN EL PLAN DE DIOS ESTABA EL PECADO

Alguien pudiera acusarme, de que estoy equivocado al decir que en el plan de creación de Dios estaba incluido el que existiera el pecado entre el género humano. A lo largo de mis años mucho he oído hablar del origen del pecado en el Huerto del Edén y culpar a nuestros primeros padres: Eva y Adán, de ello. Y ha sido común el decir que si ellos no hubieran cedido a la provocación de la serpiente, el pecado que nosotros su simiente heredamos, no existiera. Tal manera de pensar es realmente infantil, y aun absurda. Pues nadie puede negar el hecho de que nada puede hacerse sin el conocimiento de Dios, o decir alguien que hay algo que se le pueda escapar al Señor.

La innegable verdad es que el Creador en su infinita sabiduría planeó de antemano todo lo acontecido en el Huerto, de igual manera como entendemos en Su Palabra que planeó todo lo que se cumplió antes y después del Huerto, y hasta el día de hoy. Por cierto que en lo que falta por cumplirse en lo futuro en el plan de creación y de redención de Dios, sabemos que no hay cosa que Él no la tenga ya planeada de antemano. Pues Él es el Eterno, para Él no existe el tiempo. Por eso está escrito, hablando de Su Divinidad, que: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y porlos siglos”. El reconocer esta irrefutable y tremenda realidad es nuestra bendición, y es la clave para entender los misterios divinos.

Cuando fueron creados, Adán y Eva, el Señor los creó en estado de inocencia. Y ciertamente que mientras vivieron en el Huerto, antes de “la caída”, esa era la condición humana de ambos. La prueba mayor

de la inocencia que había en ellos, la vemos en el hecho de que: “estaban desnudos y no se aver gonzaban” (Gnu. 2:25), Naturalmente que poseían madurez mental y sabiduría para tratar con la creación, mas no había ninguna malicia en ellos. Por la otra parte vemos que habiéndoles dicho Dios: “Fructftcad y multiplicad, y henchid la tierra” (Gnu. 1:18), leemos en el mismo capítulo del Génesis que mientras estaban en el Huerto en estado de inocencia, tal ordenanza y propósito de Dios no se cumplía.

El primer hijo que tuvieron (Caín), lo engendró Adán y lo concibió y dio a luz Eva ya fuera del huerto del Edén (Gnu. 4:1). Porque tal cosa era imposible mientras tanto que no estaba en ellos la atracción sexual. Podemos entonces fácilmente entender que mientras vivían en estado de inocencia, no existía en ellos “el pecado”. Empezando ciertamente con los impulsos sexuales, pero siguiendo con todos los demás sentimientos, pensamientos y pasiones que en las páginas del Libro de Dios se nos describe como pecado. Era pues indispensable que hubiera “pecado” para la continuación del plan Divino.

RECONOCIENDO LA SOBERANÍA DE DIOS

Una de las enseñanzas muy populares en la actualidad, es que todos los males los hace el diablo, y que Dios no tiene nada que ver con ello. Porque “Dios es puro amor”. Esta manera de pensar glorifica a Satanás por cuanto inconscientemente crea en las mentes la impresión de que el diablo tiene poder para hacer de sí mismo lo que quiera. Esto es una vil mentira. Una mentira que a la Serpiente antigua le agrada, -ya lo digo antes-, empezando con la impresión que se da al enseñar que el Malo pudo

engañar a Eva de su propia cuenta e iniciativa. La terrible verdad (aunque dura y difícil de tragar para algunos) es la que Dios mismo nos declara cuando dice: “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y desde donde se pone, que no hay mas que Yo. Yo el Señor, y nadie más que Yo. Que formo la luz y crío las tinieblas, que hago la paz, y crío el mal. Yo el Señor, que hago todo esto” (Is. 45:6-7).

Para reconfirmación de lo dicho están también las siguientes declaraciones: “¿Quién es aquel que diga que vino algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no saldrá malo y bueno?” (Lm. 3:37). Y, ¿Tocaráse la trompeta en la ciudad y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algun mal en la ciudad, el cual el Señor no haya hecho?” (Amós 3:6). Ciertamente que “Dios es amor” (1 Juan 4:8), pero también está dicho que“nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12:29).

Cuando Satanás quiso hacerle al patriarca Job los daños que se nos describen en su libro, vemos que tuvo primero que contar con el permiso de Dios. (Job 1:8-12 y 2:3-5). El Señor, en el Nuevo Testamento, implica que El mismo le dio permiso a Satanás cuando dijo: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para sarandeáros como a trigo” (Lc. 22:31). Y ante la amenaza de Plato de que tenía potestad para crucificarlo o para soltarlo, la respuesta del Maestro fue: “Ninguna potestad tendrías contra Mí, si no te fuere dado de Arriba” (Juan. 19:11).

Hago énfasis en lo terrible que fuera si nuestro enemigo tuviere de sí mismo la potestad y autoridad para destruirnos. David dice: “Al no haber estado el Señor por nosotros, cuando se levantaron contra nosotros los hombres (y naturalmente implicando la presencia de Satanás mismo en los enemigos de los

hijos de Dios), vivos nos habrían entonces tragado” (Salmo 24:2-3). Yo se que es difícil para muchos creyentes el aceptar las verdades crudas y pesadas que estoy aquí declarando, mayormente para los que han sido instruidos ya por una vida en las enseñanzas infantiles y de párbulos de que “Dios es puro amor”. Pero a unos y a otros, no nos queda ninguna otra alternativa mas que “comérnoslas”. No podemos rechazarlas, porque son verdades Divinas.

NO PODEMOS SALIRNOS DE LA CARNE

En cierta ocasión se acercó a mí un jovencito muy sincero y buen cristiano, y me dijo: “Pastor, por favor ore por mí para que me dejen estos impulsos pecaminosos que siento”. Le contesté lo mismo que le he contestado a cada uno de los muchos hijos de Dios quienes en diferentes tiempos y lugares me han pedido lo mismo: “Me estás pidiendo una cosa imposible, porque en tal caso sería necesario sacarte a ti mismo de tu propio cuerpo”.

Ya mencioné antes que siempre ha habido cristianos que tratan de ignorar la realidad. Inclusive “siervos de Dios” que hacen lo que el avestruz, que al esconder la cabeza en la arena cree que ya escondió así todo su cuerpo. Por mi parte, a lo largo de mi caminar he tratado con muchos de ellos en diferentes tiempos y lugares, y los he visto hacer una de estas dos cosas:

1) Tratando a toda costa de ignorar o esconder la innegable condición pecaminosa de su propia carne, disimulando, no tocando el tema, y fingiendo una santidad y una perfección humana que de acuerdo con la Palabra de Dios no puede existir (1 Juan 1:8). Mas lo hacen así para tratar con ello de fomentar una personalidad honorífica, y de un respeto superior a lo

común y lo regular ante los ojos de los que les rodean, o ante los que presiden. Lo que éstos hacen realmente es cultivar una “apariencia de piedad” reprobada por la Palabra de Dios. (2 Ti. 3:5).

2) Los otros son aquellos quienes no solo actúan exactamente de acuerdo con lo explicado en el párrafo anterior, mas con la diferencia de que estos últimos; tratan sobre el tema del pecado. Mas hablan de ello para enseñar que ellos “ya caminan sobre las aguas”, sosteniendo que ya el pecado no existe en sus vidas.

Tan absurdo e increíble como esto pueda pare cer en el concepto de los que piensan con normalidad, la realidad es que estos extremistas siempre los ha habido. Y lo mas increíble aun, es que siempre hay quienes les creen y los siguen. Todos los que así han hecho durante el transcurso de los siglos y hasta hoy, invariablemente se han acarreado perjuicio y aun maldición a sí mismos. E inclusive, siendo enseña-dores, también han dañado a sus seguidores quienes por su parte piensan que es bíblicamente correcto el imitar tal ejemplo.

Esto lo he visto en diferentes tiempos y lugares, entre diferentes razas y culturas, y existe entre dife rentes grupos y organizaciones religiosas auto-denominadas cristianas. Pero de una manera más directa he observado esto entre nuestros ambientes. Entre los cristianos quienes creemos que el bautismo en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo que predicaron y administraron los apóstoles, “NOS salva”, que es al que precisamente se refiere San Pedro en el texto inicial.

EL BAUTISMO NO QUITA LAS INMUNDICIAS

Estamos conscientes de que existe entre el cristianismo una grande mayoría de creyentes, grupos y denominaciones que bautizan usando la fórmula del mandamiento en Mateo 28:19, o sea “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Todos ellos sostienen que el bautismo “NO salva”, y que es solamente una demostración exterior de su profesión de fe. Desde el momento en que no reconocen que “el NOMBRE del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, es JESUCRISTO el Señor (Fil. 2:9-11), no aceptan que el bautismo en el Nombre es el cumplimiento del mandamiento para salvación y “para perdón de los pecados” (Hch. 2:38).

A raíz de esta importante divergencia doctrinal, ha sido y sigue siendo natural que los creyentes en el bautismo en el Nombre defendamos la realidad bíblica sosteniendo que “el bautismo que ahora corresponde, NOS salva”. Mas precisamente aquí encontramos entre nuestro pueblo la anomalía y el problema que en este estudio nos ocupa. Se enfatiza a tal grado en la salvación que produce el acto bautismal en sí, que se ignora la importancia de la parte espiritual y se pasa por alto la declaración que el apóstol hace dentro del paréntesis del texto.

Tal disimulo me consta que ha sido originado la más de las ocasiones por un celo dogmático y extre mista. Pero otras veces sencillamente por la ignorancia del enseñador o predicador quien, por ser un analfa beta, ignora los signos gramaticales básicos como lo son los puntos, las comas, los de admiración e interro gación, y los paréntesis como en el caso del texto aludido.

Recuerdo hace muchos años que uno de estos analfabetas, quien por cierto no sabía aceptar la instrucción ni mucho menos la corrección, decía desde el púlpito: “El bautismo que ahora corresponde nos salva. Pero no quitando las inmundicias de la carne”, ¡así no salva! Pero como demanda de una buena conciencia delante de Dios, ¡así si salva! Cuando después del culto traté de explicarle el valor de los paréntesis me constestó con arrogancia: “Para mí eso no cuenta”.

La verdad es que el paréntesis sí cuenta, y lo que San Pedro llama “las inmundicias de la carne”, gústenos o no, siguen viviendo en la carne del creyente aun después de haber sido bautizado en el bautismo que “nos salva”. Y no precisamente porque éste así lo desee, antes por lo contrario. Pues repito, me consta por el incontable número de fieles y de ministros quienes durante mis años en el servicio del Señor -mayormente en estos años últimos de mi madurez-, han venido conmigo pidiéndome con lágrimas y desesperación que ore por ellos para poder controlar los impulsos pecaminosos de su carne. Empezando ciertamente con el sexo, pero también por los otros muchos más.

“…YA ADULTERÓ CON ELLA EN SU CORAZÓN”

La expresión citada es muy familiar para cada conocedor de la Palabra del Señor (Mt. 5:28). Sobre ello han sido innumerables las ocasiones en que unos y otros me han preguntado. La declaración del Señor aquí es tan fuerte que una y otra vez ha obligado siempre a los cristianos sinceros a comentar sobre ello, tratando de aliviar su conciencia al mirarse en este “espejo del alma”. Repito, -porque me consta- que

esta. tentacion. no opera solamente en los cristianos varones, mas en u foma. correspondiente también en las Mujeres de en} sios

Durante un buen número de. los años de mi caminar en el Señor, probablemente influenciado por’ las e enseñanzas de “los santificados” viví bajo la impresión errónea de que existían cristianos -y especialmente entre las mujeres- que vivían. libres de los impulsos sexuales., .Al mirar en. aquellos años de fórtaleza física, lo mucho que yo mismo batallaba con las pasiones de mi, condiccon. humana, mi ignorancia envidiaba, a. los cristianos que creían que vivían libres de ellas,

Pero al pasar del tiempo Dios me desperto a la,

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Por tanto vuelvo a repetir la desagradable pero a la vez irrefutable realidad de que el Creador mismo, por razones muchas veces difíciles para nosotros de entender, en sus “inconprensibles juicios” (Ro. 11:33) planeó que existiera el pecado en la carne. De esta condición no solamente son participantes los humanos que no conocen al Señor mas también nosotros, los mismos hijos de Dios (Heb. 2:14).

Por eso digo ya que el ignorar el paréntesis aludido, fuere ya como resultado del dogmatismo, o de la ignorancia, de ambas maneras perjudica al cristiano. Pues lo hace creer que al ser bautizado en el Nombre para salvación, lo hace libre o inmune a la inmundicia del pecado que continúa residiendo en su carne.

LOS PECADOS “EXTERIORES”, Y LOS INNATOS

En la Biblia, particularmente en el Nuevo Testa-mento, encontramos varias porciones Escriturales donde se enumera en forma especifica los pecados más comunes que se cometen entre el pueblo de Dios. Una de esas “listas”, que es por lo regular la más citada, es la que encontramos en la carta de San Pablo a los Gálatas, Cap. 5 del 19 al 21. En ella el apóstol principia citando el pecado más “común y popular” como es el adulterio, pero continúa con los demás.

Y el adulterio -y la fornicación que es en todo caso, el mismo acto sexual-, que es producto de los impulsos sexuales fuera del matrimonio. Mas están enseguida otros pecados que son también fruto de nuestra propia naturaleza humana. Erupciones espontáneas de “la inmundicia de la carne”: pleitos, celos, iras, contiendas, y otras parecidas que son

originadas en nuestro propio carácter. Acciones negativas que operan en el creyente a pesar del buen deseo de éste.

Están luego en la lista los “pecados exteriores”, o sea aquellos que no son innatos, parte de nuestra naturaleza. Estos son los que se aprenden y se cultivan ya con el pleno conocimiento del cristiano descuidado. En esta categoría están las hechicerías, los homicidios, las borracheras, las herejías, y cosas semejantes. Estas, para hacerlas, el individuo tiene invariablemente que aprenderlas de alguien más, puesto que no vienen “en el paquete de la herencia del Huerto”.

Estos “pecados exteriores” son menos peligrosos que los innatos. Pues el que los aprendió de alguna parte, o los imitó de otro, puede de igual manera también dejar de hacerlos ayudado del poder de Dios. Pues esto es precisamente lo que el Señor ha hecho en la vida de muchos. Y más particularmente en aquellos que habiendo vivido en la mundanalidad, que venimos al Camino cargados de pecados “exteriores”, que aprendimos durante ese tiempo pasado, el Señor quitó de nosotros maledicencias, borracheras, vicios, y cuantas otras costumbres y acciones sucias.

Los pecados innatos son más peligrosos por cuanto por más que quiera y se desespere el cristiano fiel, no puede deshacerse de ellos. Son parte de su propio ser, de su propia humanidad. Son las inde seables “inmundicias de la carne” que menciona San Pedro, y de “el pecado que mora enmí”, a que se refiere San Pablo. Y entre estos pecados innatos que atormentan a cada hijo de Dios que quiere vivir una vida limpia, están de una manera muy particular sus impulsos sexuales.

Porque la realidad es que todos somos fruto del sexo, y en todos, sin excepción, operan los impulsos sexuales. En unos en un grado mayor, y en otros en un grado menor-fuere ahora dentro de lo que Dios estableció como normal, o en lo que Él denuncia que no es normal-,pero nadie puede escaparse de ellos.

EL CREADOR MISMO
ES EL AUTOR DEL SEXO

Explico al principio que desde el momento en que Dios en su plan de creación y de redención propuso crear la humanidad, determinó multiplicar a los integrantes de ésta, usando como medio el sexo. Mas entre la inmensa humanidad que ha existido durante los siglos pasados y hasta ahora, quiso el Creador que también “Sus hijos participáramos de carne y sangre”, y por lo tanto fueremos aquí de igual manera producto y partícipes del sexo.

Porque ciertamente está -y hoy más que nunca-la inmensa humanidad que nos rodea, integrada por seres humanos que son creación de Dios. Seres quienes siendo creación del Eterno, les ama también, y sabe en sus misteriosos designios que va a hacer con esas incontables multitudes cuando “el tiempo no será más” (Ap. 10:6). Cuando entremos en la eternidad habiéndose operado ya “la mudanza de las cosas movibles”, y establecido “el reino inmóvil” (He. 12:27-28).

Mas “el pueblo de los santos del Altísimo” (Dn 7:27), los hijos de Dios, somos más que Su creación: Somos “engendrados” por Él (Juan 1:3 y He. 1:5). Él mismo nos llama “dioses” (Sal. 82:6 y Juan 10:34-35) por la poderosa razón de que somos “participantes de la naturaleza Divina” (2 P. 1:4). Mas al estar aquí en este mundo participando también de carne y sangre,

no podemos negar ni mucho menos evitar la parte que el sexo tiene en nuestra vida humana.

Por eso declaro en esta sección que el Creador mismo es quien hizo el sexo. Lo hizo ciertamente con el propósito principal de que su creación humana se reprodujera y se multiplicara. Así que desde los princi pios hasta hoy, en el sentido de perpetuarse, el sexo ha sido una milagrosa bendición para el hombre. Sin embargo, en su operación negativa le ha sido una mal dición. Y en Su plan de creación y de redención, nuestro Dios no ignoraba que la humanidad tendría de pervertir el sexo.

Absolutamente nadie puede negar el hecho de que el sexo se ha convertido durante toda la historia humana en el arma más efectiva en las manos de “el dios de este siglo” (2 Co. 4:4), para destruir vidas, familias, naciones, y aun civilizaciones enteras. Y más que todo, para probar de continuo la fidelidad y la integridad espiritual de los hijos de Dios quienes, viviendo acosados por la lumbre de los impulsos sexuales tratan aquí de controlarlos, y de agradar a Dios.

Pues sigo enfatizando que los impulsos sexuales son innatos, y el creyente no puede deshacerse de ellos mientras vive en esta carne. Esto lo aceptan los que son sinceros, porque les consta que es la realidad. Inclusive los que fingen y disimulan, saben que lo dicho aquí es la verdad. Pues no pueden negar el hecho de que allá dentro “del horno” de su humanidad operan sus impulsos sexuales.

EL SEXO EN EL MATRIMONIO
ES “UN PECADO LEGAL”

La Escritura Sagrada declara: “Honroso es en todos el matrimonio y el lecho sin mancilla, mas a los fornícarios y adúlteros juzgará Dios” (He. 13:4). Ya mencioné antes que el adulterio y la fornicación son exactamente el mismo acto. En el caso del texto citado vemos los dos aspectos del acto sexual: La bendición por una parte, y la maldición por la otra. Pues el mismo acto sexual que fuera del matrimonio es pecado de adulterio y de fornicación, en el matrimonio en cambio es “un pecado honroso y legal” aprobado por Dios en Su Palabra.

Dios creó a Adán y le dio que señorease sobre todos los animales, terrestres, volátiles y acuáticos. Durante el período de tiempo que estuvo solo, antes que el Señor hiciera a Eva, Adán de seguro vio reproducirse a todos los animales, y sin duda tuvo de fijarse muchas veces que el medio de reproducción de todas las bestias era por medio del sexo. Viviendo Adán en estado de inocencia podemos decir con certeza que aquello no le afectó en lo mínimo porque lo daba por hecho.

Mas llegando el tiempo en el plan de Dios cuando, después de haberle dado el Señor una compañera y “ayuda idónea para él” (Gn. 2:18), y habiendo ambos comido de la fruta “del árbol de ciencia, del bien y del mal” (V.17), el concepto del sexo cambió radicalmente en la mente de Adán. Ahora él mismo sintió los mismos impulsos sexuales que había observado en los machos entre las bestias, y esos impulsos lo atrajeron entonces hacia su propia mujer.

El “pecado honroso y legal” entró en función en el aspecto positivo y de bendición propuesto en el plan del Creador, y nació así el primer ser humano hijo de un padre y una madre, engendrado por un hombre y concebido por una mujer. Ahora la ordenanza Divina de: “fructificad y multiplicad, y henchid la tierra”, empezó a cumplirse. ¿Por medio de qué? Por medio del “pecado honorífico y legal” como lo es el acto sexual en el matrimonio.

Por otra parte, nadie puede negar el hecho de que el acto sexual en sí, es el mismo en los humanos que en los animales. Mas aquí hay una grande diferencia, la cual consiste en que en el ser humano, quien fue hecho a la imagen de Dios, existe ese razonamiento que llamamos la conciencia, cosa que en las bestias no la hay. Por lo tanto, conforme la Palabra del Creador “el pecado” del acto sexual consiste en “el grado de conciencia” que hubiere en el humano al ejercerlo. San Pablo habla de aquellos quienes “desentregaron a la desvergüenza para cometer con avidez toda suerte de impureza” (EL 4:19). Siendo seres humanos, ya sin conciencia, pueden rebajarse a un nivel que aun ni las mismas bestias sin conciencia pueden llegar.

LA CONCIENCIA EN LOS HIJOS DE DIOS

Si en algunos debe de haber un alto grado de conciencia entre los humanos, debe de ser en aquellos que profesamos ser hijos de Dios. Y la razón para que esto sea así, es porque en nosotros reside el cono-cimiento de la Palabra de Dios. Y es por la Palabra del Señor por la que podemos entender en forma plena cuáles cosas y acciones son agradables a nuestro Padre Celestial, y cuáles son las malas y catalogadas

como pecados delante de Él. Y esta es precisamente la razón por la que el cristiano verdadero, que es sincero con Dios, y delante de los que le rodearen, reconoce que de sí mismo es imposible que pueda vivir aquí “sin mala conciencia”. Pues sabe que “si dijeremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros”. Mas “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad” (1 Juan 1:8-9).

Pues de acuerdo a lo ya explicado, el pecado que al fiel hijo de Dios le produce por lo regular más mala conciencia, y en una forma más constante, es el de los diferentes aspectos pecaminosos de los impulsos sexuales. Pues de ellos, repito, nadie se escapa de ser afectado en una forma u otra -tanto hombres, como mujeres-. Ciertamente cada uno en su forma y grado, porque existen múltiples divergencias. Pero la conciencia de pecado allí está.

Y a esto es precisamente a lo que se refiere San Pedro en la explicación dentro del paréntesis que nos ocupa. Pues ciertamente que el bautismo que ahora corresponde NOS salva, pero no quita las inmundicias de la carne, sino como demanda de UNA BUENA CONCIENCIA delante deDios. Mas aquí cabe la pregunta que he hecho muchas veces a los creyentes sinceros, quienes en muchas ocasiones aun con desesperación, anhelan el tener buena conciencia delante de Dios: ¿Quién demanda buena conciencia a quién? ¿Dios de nosotros, o nosotros de Dios?

En el transcurso de mis años he oído muchas veces la interpretación negativa que se le enseña al cristiano nuevo, sencillo y sincero pero ignorante, que Dios le demanda que tenga buena conciencia por si

misario, Y esto, cumpliendo con todas las cosas que por parte de “su iglesia” se le ordena que haga. Y son incontables las víctimas de esa interpretación de maldición y de juicio, quienes viendo que no pueden cumplir con todo, han dejado el camino del Señor a causa de ello.

Porque ciertamente los fingidores e hipócritas reclaman tener buena conciencia de sí mismos – aunque es mentira-, mas el creyente sincero sufre por ello. Mas gracias a Dios por la verdad. Porque nosotros somos los que demandamos de Él a diario el tener buena conciencia, “por la resurrección de Jesucristo”.

ALCANZANDO UNA BUENA CONCIENCIA

Al final de su declaración en Romanos 7:15-25, de San Pablo brota primeramene un lamento como de desesperación y de derrota diciendo:¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Mas enseguida él mismo se contesta lanzando un grito de victoria:“¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!” Y luego agrega: “Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne ala ley del pecado”.

En otras palabras, primero confiesa abierta-mente que es imposible el poder deshacernos aquí de nuestra condición pecaminosa, mas enseguida declara que ahora los seguidores de nuestro Señor Jesucristo tenemos la victoria sobre la mala conciencia, en SU NOMBRE. Pues en este maravilloso Nombre reside la Gracia redentora, la Sangre purificadora, el Espíritu de poder, el perdón de nuestros pecados, el amor infinito del Todopoderoso, y la grande misericordia de Dios.

Luego explica que por lo que toca a las inmun dicias de la carne, empezando con los impulsos sexuales pecaminosos, lo único que nos resta por hacer es sujetarlas a “la ley del pecado”. O sea el vivir frenando continuamente nuestra carne con las ordenanzas de las leyes morales universales dadas al principio por Dios a Israel, pero que siguen en efecto hasta ahora también para la Iglesia.

Como un freno usado para controlar a la bestia bruta, el cristiano fiel que anhela el agradar a su Señor tiene de diario que “amortiguad (sus)miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, malicia, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría” (Col. 3:5). Tiene de continuo que estar diciéndole a su carne: No cometerás idolatría. No jurarás en vano. No matarás a tu prójimo. No cometerás adulterio. No hurtarás. No codicies la mujer ni las cosas de tu prójimo. No hables así, no oigas esto, no mires aquello, etc…

Luego el apóstol explica algo muy necesario de entender: “Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios”, o sea esa ley espiritual que literalmente “no es ley” (Gá. 5:23). Porque el hijo de Dios en nosotros no es nuestra carne. Es “el hombre interior” (Ro. 7:22), que es precisamente nuestra propia mente, nuestra conciencia, que es donde realmente opera el bautismo para perdón de los pecados y adquirimos la “buena conciencia”, y nuestra salvación.

Así que cada fiel hijo del Señor, en su “hombre interior” tiene la victoria y “se deleita en la ley” espi ritual de Dios. Y precisamente en esa victoria adquirida por el Espíritu Santo y la Palabra del Espíritu (He. 4:12), le es dado el poder que necesita para dominar a su más tremendo y acérrimo enemigo

que no es la Serpiente Antigua, sino su propia carne donde reside la inmundicia.

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

San Pablo, el apóstol de nosotros los Gentiles, fue usado por el Señor en una manera muy única para declararnos la salvación por la gracia de Dios. Una salvación gratuita, maravillosa e increíble, que no depende en lo absoluto en que nosotros cumplamos con las obras, rituales, ordenanzas y los manda mientos dados por Dios a su Pueblo Israel por Moisés, en el Monte Sinaí.

Una salvación explicada extensamente en el Nuevo Pacto, pero que podemos resumirla en la siguiente declaración de nuestro apóstol:“Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. En el cual tenemos también entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Ro. 5:1-2).

Es importantísimo, que nosotros los Gentiles creyentes en nuestro Señor Jesucristo, no olvidemos ni por un momento que venimos y estamos en pie hasta hoy solamente por la gracia de Dios. Esta gracia que nos valió un día para entrar al reino de Dios, pero que también es la que nos ha valido cada día de nuestro caminar. Pues son muchos los cristianos que a mí mismo me consta apreciaron al principio la ma ravillosa gracia de Dios, mas al pasar del tiempo, aun inconscientemente muchas de las veces, empezaron a justificarse por sus obras.

De acuerdo con lo ya ampliamente explicado en este estudio, tal justificación nunca podrá ser acep

table ante Dios. Porque si así fuere, el “Remanente fiel” entre el Pueblo Judío que se esfuerza hasta hoy para guardar los 613 mandamientos de la Ley, fueran también ya dueños de la misma salvación. Pero nuestro apóstol nos lo hace bastante claro cuando a más de otras muchas admoniciones nos dice: “Porque por gracia sois salvos por la fe. Y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8-9).

He enfatizando en el valor de la maravillosa gracia del Señor, para beneficio y ayuda de los sinceros y temerosos hijos de Dios. Los miembros fieles de la Iglesia del Señor -y entre ellos muchos ministros- quienes han vivido hasta hoy ator mentados, confesando que no pueden deshacerse de las inmundicias de su carne. A muchos de ellos, me consta, “el acusador de nuestros hermanos” (Ap. 12:10), les ha quitado el gozo de su salvación y los ha enjuiciado diciéndoles que esas inmundicias continúan residiendo en su carne porque Dios ya los dejó.

Durante los años en que he ministrado, y hasta hoy, he visto al Enemigo aprovechándose continua-mente de la sencillez y falta de conocimiento de muchos hijos de Dios en este aspecto. Y esta ha sido la fuerte motivación que mi Dios usó, para que yo sintiera la urgencia de escribir lo presente.

LOS QUE “HAN ERRADO DE LA VERDAD”

San Juan dijo: “Si alguno viere a su hermano cometer pecado no de muerte, demandará, y se le dará vida; digo a los que pecan no de muerte, hay pecado de muerte por el cual yo no digo que ruegue. Toda maldad es pecado, mas hay pecado no de muerte” (1 Jn. 5:16

17). Esta declaración del apóstol respecto al “pecado de muerte”, ha provocado diversas interpretaciones muchas de las cuales han sido usadas no para ayudar mas para acabar de matar a los que han sido heridos.

En la lista de pecados que antes cito (Gá. 5:19-21), está a la cabeza el adulterio, mas en ella el apóstol, por el Espíritu Santo, señala también otros muchos pecados y hablando de todos dice: “que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios”. Algunos entre nuestros círculos religiosos, considerándose dirigidos por Dios, han determinado en diferentes tiempos y lugares que el adulterio es el único pecado de muerte, y que a ese se refiere San Juan.

Por principio de cuentas, digo, con la autoridad doctrinal que el Señor me ha conferido, que la verdad es que el pecado de muerte solamente el Supremo Juez es quien determina quién es el que lo ha cometido. Nosotros lo único que podemos ver, y aun juzgar sin temor a equivocarnos, son las obras desviadas y perversas de alguien a quien ya Dios mató. Porque una cosa es que alguien ha sido herido y está tirado pero aun con vida, y otra es que esté ya muerto y sin remedio.

Me constan las muchas ocasiones cuando ministros, tomando el lugar de Dios como jueces, han matado a quienes habiendo cometido el pecado de adulterio tenían señales de vida, y aun pedían misericordia. El apóstol Santiago nos dice al respecto: “Hermanos, si alguno de vosotros ha errado de la verdad, y alguno lo convirtiera, sepa que el que hubiere hecho convertir aI pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados” (Stg. 5:19-20).

Santiago está hablando de los pecados que enumera San Pablo y otros muchos más. Fijémonos que el juicio, y aun la misma condenación, consiste en “los que hacen”. Los que están cometiendo, y no dejan de hacer alguno o algunos de esos muchos pecados. Porque si alguno no ha adulterado, pero vive en “enemistades, pleitos, etc.,. y no se arrepiente y deja de hacerlas, le espera condenación.

San Pablo dice a los Corintos: “Porque temo que cuando llegare, no os halle como yo quiero, y yo sea hallado de vosotros como no queréis. Que haya entre vosotros contiendas, envidias iras, disensiones, detracciones, murmuraciones, delaciones, bandos. Que cuando volviere me humille Dios entre vosotros, y haya de llorar por muchos de los que antes habrán pecado, y no se han arrepentido de la inmundicia yfornicacion y deshonestidad que han cometido” (2 Co. 12:20-21).

¿ES EL ODIO EN VERDAD EL PECADO DE MUERTE?

Por cierto que sí hay un pecado que se puede catalogar como “de muerte”, y que no está incluido en alguna lista, mas está señalado solo en una forma independiente, es el que señala San Juan cuando dice: “El que no ama a su hermano, está en muerte”. Cualquiera que aborrece a su hermano, es homicida. Y sabéis que nigun homicida tiene vida eterna permaneciente en si’ (1 Juan 3:14-15)

Cabe aquí hacer mención de un ministro “de alta moralidad” quien aborreciéndome, le preguntó alguien: “¿No cree que le puede acarrear condenación el odio que usted tiene en contra del hermano Valverde?” La respuesta fue: “Mientras no corneta el pecado de adulterio, yo no tengo miedo de

condenarme por eso otro”. Esta es la mentalidad que prevalece en muchos quienes se glorían precisamente de vivir una vida de “alta moralidad”, sin realizar su miseria. (Ap. 3:17-18).

Por mi parte, también pudiera gloriarme así, puesto que a mi Señor le ha placido conservarme íntegro a lo largo de más de medio siglo ya en Su camino. Pero nunca cometería semejante blasfemia, precisamente por las razones que ya ampliamente explico en este estudio. En cambio, mi integridad y mis reservas espirituales he tratado siempre y hasta hoy, de usarlas par ayudar a los débiles, y aun a muchos de los que conforme el concepto de “los justos”, son ya “caídos”.

Ciertamente que nunca habría de aprobar el adulterio, como tampoco ninguno de los otros muchos pecados. Quienes me han escuchado durante el tiempo de mi ministerio saben que aun con dureza he siempre reprendido lo malo. Pero por la otra parte, como en este estudio lo explico, he entendido como opera la maravillosa gracia de Dios entre Su pueblo, y me gozo en aplicarla cual la maravillosa medicina para vida y salud espiritual de los “pequeñitos” del Señor (Mt. 25:40).

De antemano advierto que sé que ninguno de “los justos” que leyere esto, va a aceptar lo que aquí explico. Porque, “ninguno de los impíos entenderá, pero entenderán los entendidos”. (Dn. 12:10). Por lo tanto este mensaje está dirigido a los sinceros hijos de Dios y a los verdaderos ministros del Señor quienes van caminando ciertamente rodeados de flaquezas, pero en cuyo corazón está la determinación de pelear contra el pecado en su carne, y agradar así a su Señor.

Mi hermano, mi hermana, mi compañero en el ministerio, fíjate detenidamente en lo que aquí he explicado. Recuerda que en tu sinceridad y reconoci miento, y en tu genuina humillación, es en donde opera esta maravillosa gracia de Dios por la cual podemos “demandar de Él una buena conciencia”. Levanta pues tu rostro hacia el cielo, y con nuestro apóstol lancemos juntos el grito de victoria: “¡Gracias doy a Dios por nuestro Señor Jesucristo!”.

FACTORES EN LA VIDA DEL QUE ES TENTADO

Después de todo lo dicho considero que no sería justo omitir los medios que el creyente fiel puede usar para pelear contra los impulsos sexuales ilícitos que hubiere en su carne. Empezamos con hacer claro el hecho de que la naturaleza sexual de un cristiano puede ser completamente distinta a la de su hermano (o a la de su hermana). Luego tenemos que catalogar otros factores importantes como lo son la edad, el estado marital, y aun el grado de salud.

Por otra parte, es imposible ignorar otros factores importantes que tienen que ver con el creyente que es tentado. Uno, el ambiente general en medio del cual vive o trabaja. Luego está lo que lee, lo que mira, y lo que oye. Otro, es las personas con quienes se relaciona en una forma más directa, y quienes pueden influenciarlo en forma positiva o negativa, con sus pláticas o consejos. Lo otro, es la condición y la situación o lugar donde se encontrare el cristiano en el tiempo o momento en que fuere tentado.

Los factores anteriores tienen que ver cierta-mente en la mayoría de los casos con provocaciones o erupciones espontáneas de los impulsos sexuales,

Pero en forma mas común y general están los pensamientos que brincan a la mente del creyente aun cuando menos lo espera. Pensamientos que en su mente rechaza, los cuales las más de las ocasiones no afectan ni conmueven sus sentimientos ni sus inpulsos sexuales, pero que lo hacen estar consciente, “del pecado que mora en mí”.

Hago claro que todo lo antes dicho aplica ciertamente al cristiano, miembro o ministro en la Iglesia del Señor, en cuyo corazón existe un grado mayor de temor de Dios, y que le preocupa el hecho de no pecar. Pues ese grado de temor de Dios es en todo caso el arma más efectiva que el cristiano verdadero puede usar para frenar los impulsos pecaminosos que residen en su carne. De otra manera nada de lo que aquí explico tendría caso.

Y digo esto, porque a lo largo de mi caminar he tratado con muchos de estos que puedo llamar, “profesantes cristianos”, tanto miembros como ministros, quienes realmente no están interesados en ser libres. Estos más bien fingen para hacer creer que necesitan la ayuda, pero en el fondo de sus corazones ya han sido desatadas sus pasiones, y realmente no les importa ya el frenarlas.

Para este tiempo de mi vida estoy convencido de que para esta clase de “cristianos” ya no hay pro tección ni ayuda que les valga. Inclusive entre ellos están contados los que San Pablo reprende diciendo: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, cualquiera que juzgas. Porque en lo quejuzgas a otro te condenas a ti mismo, porque lo mismo haces tú que juzgas” (Ro. 2: 1)

COMO PELEAR CONTRA LOS IMPULSOS ILÍCITOS

Repito que el arma de defensa más poderosa que el fiel hijo de Dios puede usar para defenderse de todos sus impulsos ilícitos, principiando con los sexuales, es un grado mayor de temor de Dios. Y éste aplica a todos los creyentes, en todas las edades, y en todas los tiempos y situaciones que pudiéremos enumerar.

Y agregado a ese grado superior de temor de Dios, está el grado de determinación que hubiere en el creyente para buscar y pedir la ayuda del Señor por medio de la lectura y meditación en Su Palabra, como también en la oración y ayuno.

Pues precisamente esto es todo lo que he podido decirles siempre a los jóvenes célibes, y en su parte también a las doncellas en las muchas ocasiones que en diferentes tiempos y lugares me han buscado para pedirme consejo de cómo hacerle para poder controlar sus impulsos sexuales. Impulsos innatos que no quisieran tenerlos ciertamente, puesto que sienten que los hacen sufrir teniendo mala conciencia al ver que no pueden librarse de ellos.

El arma antes descrita, es por cierto la única que he aconsejado para usar también tanto los varones como las mujeres ya adultos, quienes por las razones que fueren -que son muchas y diferentes-caminan solos sirviendo al Señor. Y esto de una manera más particular a los que están aun en una edad en que su naturaleza les exije que busquen la protección del matrimonio. La ayuda que estos cristianos fieles puedan recibir en este sentido de sus pastores, es valiosa.

Y volviendo a los jóvenes que aun no han sido casados, les he explicado que sintiéndose ya física-mente maduros en el sentido sexual como hombres o mujeres, la otra alternativa que tienen es el ampararse en la vida del matrimonio. Y por esta parte he estado siempre dispuesto a ayudar a los jóvenes que así sienten, para que se casen. Y así he aconsejado también a sus padres. Y esta solución aplica tanto para los adultos solos, como para los jóvenes.”Porque si no tienen don de continencia, cásense; que mejor es casarse que quemarse” (1 Co. 7:9).

LOS QUE VIVIMOS EN MATRIMONIO

Creo que habiendo por mi parte vivido ya en mi matrimonio por más de medio siglo, me asiste el derecho para poder decir algo sobre este respecto. Como ya lo expliqué ampliamente antes, es “el matrimonio y eI lecho sin mancilla” el que da el sello de honorabilidad al acto sexual, el cual de cualquier otra manera es considerado como pecado. Y es en el matrimonio donde opera la protección mutua. Donde el hombre es protegido sexualmente por su esposa, y donde la mujer de igual manera es protegida por su esposo. El vivir entendidos de esta realidad es de suma importancia para todo matrimonio cristiano.

A esto precisamente es a lo que se refiere San Pablo cuando dice: “El marido pague a la mujer la debida benevolencia, y así mismo la mujer almarido. No os defraudéis el uno al otro, a menos por algún tiempo de mutuo consentimiento para ocuparos en la oración. Y volved a juntaros en uno, porque no os tiente Satanás por causa de vuestra incontinencia”.

Me consta que el descuidar esta sabia advertencia del apóstol ha traído por lo regular duros

problemas, y aun ruina, a muchos matrimonios tanto de miembros de las iglesias, como de ministros. Que por cierto el ambiente familiar y material moderno en que vivimos, se presta para violar el consejo aludido, y el resultado ha sido y sigue siendo la destrucción de muchos matrimonios quienes de otra manera pudieran estar aun completos.

Pero lo triste de esta realidad es que esto suele suceder no solamente por razones de la vida material, sino que aun es posible usar lo sagrado de las cosas de Dios para hacerse daño mutuamente en el matrimonio. Pues he conocido a muchos esposos, mi nistros y miembros quienes en un tiempo estuvieron fieles, que han sido arruinados espiritualmente por el descuido de una esposa “muy consagrada” que ora y ayuna y se esfuerza en gran manera, pero se le ha olvidado que es mujer y que como tal tiene una responsabilidad muy única en la vida sexual de su esposo.

Por la otra parte, también he visto este fracaso en esposas fieles y temerosas en un tiempo, cuyos esposos han estado tan “ocupados en la obra de Dios” que en su descuido sexual hacia su esposa, han orillado a ésta hacer lo que nunca se imaginaron que pudiera sucederle. Pues muchas de ellas, estando solas y “defraudadas”, han sido víctimas cayendo en la trampa de instrumentos de Satanás quienes saben como aprovecharse de semejantes circunstancias.

La verdad es que el matrimonio, sobre todo lo sublime y romántico, es sexo. Y de ello es imperativo que esté consciente tanto el hombre como la mujer que se unen en matrimonio. Las parejas que he visto unirse sin estar claros en esta realidad fundamental, imposible ha sido que permanezcan. Recuerdo en mis

principios a una pareja donde ella pensó que al bautizarse ya no debía cohabitar con su marido -y esto lo decía públicamente-. El resultado fue que al paso del tiempo el esposo la dejó y buscó una compañera que le fuera mujer, sexualmente hablando.

La infidelidad sexual en el matrimonio no se puede justificar en ninguna forma entre el pueblo que profesa servir a Dios. Pero tampoco podemos juzgar todos los casos con la misma regla. Pues como ya lo explico antes, las circunstancias pueden ser distintas en cada caso, pero en cambio el origen en toda situación es el mismo siempre: LAS INMUNDICIAS DE LA CAI2NE.•

SEGUNDA PARTE

“El que encubre sus pecados, no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”. (lar. 28-13). Además David dice: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones aI Señor; y Tú perdonaste la maldad de mi pecado. Por esto orará a Ti todo santo en el tiempo de poder hallarte: Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él”.(Salmo 325-6).

Para las fechas de escribir lo anterior y lo presente sobre “las inmundicias de la carne”, han transcurrido casi dos años desde que, habiendo estado al borde de la muerte, en mi desesperación al ver la tibieza espiritual entre Su pueblo, mi Dios me movió para que escribiera “La Convocación”. Una Convocación enviada directamente a los creyentes fieles entre la Iglesia, siendo aquella ya conocida por un gran segmento del pueblo de Dios y aceptada por muchos; por lo cual, por cierto, no he cesado de agradecer a mi Maestro. Mas así como el Señor me mostró que “La Convocación” es un mensaje para consumo interior entre Su pueblo, para bendición directa de los fieles, de igual manera el Señor lo ha hecho respecto a este último mensaje que he estado escribiendo referente a los efectos de las inmundicias de la carne en la vida del hijo de Dios, cuyo mayor anhelo es agradar al Señor. Esto es lo que ahora entendí que es el primer capítulo y ahora la presente continuación.

¿A manos de quiénes llegará este mensaje, y quienes lo recibirán? No lo sé. Todo lo que sé es que he sido movido por una urgencia de parte de mi Señor para hacer este trabajo. Un trabajo que Él sabe mejor

que ha sido mayor que mi capacidad. Un trabajo que he estado haciendo movido por una voz que reconozco que es la de mi Dios, quien me dice que tengo de poner este mensaje en letra antes de que mi tiempo se acabe. Un trabajo que he estado haciendo impulsado por una urgencia en mi espíritu tan grande que ha afectado, incluso, mi cuerpo sobremanera, de modo que el sueño ha huido de mí, y las noches han sido como días. Habiendo terminado la primera parte del tema sobre “las inmundicias de la carne”, pensé que era todo lo que tenía que escribir al respecto; mas no fue así. Cerrando lo que ahora sé que sólo es el primer capítulo, en una de mis últimas vigilias mi Señor me mostró fuertemente algo tremendo que está conectado directamente con “La Convocación”. Esto conmovió mis entrañas de tal forma que, a esas mismas horas de la madrugada, tuve que levantarme a seguir escribiendo.

Esta “conexión” que el Señor me mostró, con siste en que solamente un porcentaje muy pequeño del pueblo de Dios entre nuestros medios reconoce, en forma seria y profunda, la abominable realidad de las inmundicias que hay en nuestra humanidad. Luego el Señor me hizo ver claramente que entre tanto que ese porcentaje no fuese la mayoría, al no aumentar el número de ministros y fieles cuyo reconocimiento losobligue a confesar sus inmundicias aun a precio de avergonzar su propia carne, NO HABRÁ RESPUESTA a las peticiones mayores que tenemos ante el Señor, ni tampoco para muchas de las otras. Las Escrituras con las que el Señor me sacudió esa madrugada son precisamente las que encabezan este segundo capítulo. Escrituras que en sí mismas creo que están lo suficientemente claras como para que cualquier creyente fiel las entienda, y pueda ver que en la humillación y la confesión reside una bendición

especial que de ninguna otra manera se puede recibir de parte de nuestro Dios.

MI PARTICIPACIÓN EN ESTE NEGOCIO DIVINO

Para este tiempo de mi edad y de mi ministerio, no me detengo para decir que he tenido ya por bastantes años—y continúo teniéndola hasta hoy—una participación muy directa en ayudar a una multitud de sinceros hijos de Dios a través de diferentes medios y formas: a ministros y miembros de las iglesias quienes en diferentes tiempos y lugares me han buscado en persona, por carta, por teléfono y por otros medios, para vaciar su corazón confesando con lágrimas, dolor, y aun con vergüenza, los pecados que han llegado a cometer atrapados por la inmundicia de su carne. Y no solamente después de haber conocido al Señor, mas aun antes de haberlo conocido. Pues han creído y querido descansar de sus conciencias, y recibir la verdadera y genuina bendición de Dios que se obtiene únicamente haciendo como ordena la Palabra de Dios en Ios textos ya citados, como en otros más al respecto.

Para ello han considerado que no pueden abrir plenamente su corazón con cualquier persona, mas con algun vaso preparado de parte de Dios para poderles ayudar. Aquí es donde cabe el poder decir que en muchos casos me ha tocado a mí el privilegio, de parte de mi Dios, de poder ayudar a Sus hijos. Y esto lo he hecho siendo primeramente cual el “garbage disposal” (el recipiente de basura) donde con confianza han podido vaciar la “basura podrida” que traían en sus conciencias, para luego sacarlos en el Nombre de Jesucristo el Señor y, por virtud de Su Palabra, de detrás de las rejas donde han estado presos. La Palabra inspirada por el Espíritu Santo no puede fallar

siendo el apóstol Santiago quien nos dice en este caso: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el Nombre del Señor, y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará, y si estuviere en pecados, le serán perdonados. Confesáos vuestras faltas unos a otros, y rogad los unos por los otros, paraque seáis sanos. La oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho” (Stg. 5:14-18).

Insisto, pues, en que habiendo tenido ya por muchos años una participación muy directa en el cumplimineto de la escritura bíblica aludida, me he sentido profundamente sacudido hoy por la magnitud de lo que mi Dios me ha mostrado. Por lo tanto, siento ahora la obligación moral de explicar, en forma más detallada y directa, los diferentes grados de las operaciones y acciones pecaminosas tanto de los pecados “mayores”, como también de los pecados “menores”. Ambos son, sin contradicción, fruto de las erupciones que provocan las inmundicias de nuestra carne.

LAS INMUNDICIAS “MAYORES” Y “MENORES”

Así que, en este caso, necesito tratar no sólo de las inmundicias de la carne de tipo sexual que son en las que más enfatizo en el primer capítulo y que, por cierto, es entre éstas donde reside la mayor parte de los pecados que podemos catalogar como “mayores”. Mas siento que debo, a la vez, hacer referencia específica de los otros muchos pecados “menores” que también pueden ser “de muerte” cuando el creyente, engañado por Satanás, no deja de vivirlos y cometerlos pensando que no son letales por cuanto son considerados como de menor importancia. Estas inmundicias de la carne que estoy llamando “pecados

“menores”, están incluidos con los “pecados mayores” en las varias “listas” que hay especialmente en el Nuevo Testamento. Ya he referido una de ellas antes, en el capítulo anterior: “Enemistades, pleitos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, y cosas semejantes… ” (Gá. 5:20-21). Puede fijarse el lector que, al describir estas “listas”, estoy entresacando los pecados que he llamado “menores” de entre los “mayores”. Otra “lista” muy marcada también es la siguiente: “Estando atestados de malicia, de avaricia, de maldad. Llenos de envidias, de contiendas, demalignidades. Murmuradores, detractores, injuriosos, soberbios, altivos, inventores, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, sin misericordia…” (Ro. 1:29-31).

Muchos de estos “pecados menores” son los que el Señor me mostró que están cometiendo a diario muchos de los creyentes, caminando bajo la impresión errónea de que solamente los “pecados mayores” son las demostraciones de las inmundicias de la carne. Por tanto, viven cometiendo uno, dos o más de “los menores” en forma continua, con mucha naturalidad. Y al sentirse sin mala conciencia por ello, siguen haciéndolos al grado que aun los han hecho parte de su vida. La realidad que mi Señor me mostró es que tanto los “menores” como los “mayores” están contribuyendo para que exista en nuestros medios el anatema. Un anatema que, cual nube negra de maldición, ha estado impidiendo que tengamos una respuesta más poderosa y visible para las peticiones de “La Convocación”. Todos saben que lo que estamos pidiendo es algo semejante a lo que el Señor hizo con los apóstoles y creyentes en los principios de la Iglesia.

Mas, precisamente desde aquellos primeros tiempos, el Espíritu Santo, por medio del apóstol Santiago, hace una advertencia muy parecida, pero más fuerte, cuando dice: “¿De dónde vienen las guerras y tos pleitos entre vosotros? ¿No son de vuestras concupiscencias, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatis y guerreáis, y no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. Adúlteros y adúlteras, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios?

¿Pensáis que la Escritura dice sin causa, el espíritu que mora en nosotros codicia para envidia? Mas El da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Sometéos pues a Dios, resistid al diablo, y de vosotros huirá. Allegaos a Dios y Él se allegará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos, y vosotros de doblado ánimo, purificad los corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y Él os ensalzara”. (Stg. 4:1-10). Por cierto que aquí cabe preguntarle al lector: ¿A quién dirige esta tremenda reprensión el apóstol? ¿Al mundo que no conoce a Dios, o que no le importa saber cuál fuese Su voluntad? ¡NO! ¡Tal cosa no puede ser! El mensaje es entonces para el pueblo que profesa conocer y estar sirviendo al Señor.

Sé que algunos de los que leyeren este segundo capítulo, no van a creer que pueda ser verdad lo que he dicho que el Señor me mostró. Pero sé que, en cambio, el Señor les va a dar a otros el que sientan lo mismo que yo he estado sientiendo en estos días al recibir este mensaje, o sea, un dolor y una desesperación al entender porque no tenernos una

respuesta mayor a nuestros ruegos. Por lo tanto, confío en que así como mi Dios ha movido a todos los que han tomado en serio “La Convocación” para poner por obra lo que en ella se señala, también habrá ahora santos quienes, movidos por esta misma urgencia que he dicho que estoy sintiendo yo, van a preocuparse por hacer y vivir en una forma real y verdadera lo que nos marca el Señor en las escrituras iniciales; puesto que sólo haciendo así podremos alcanzar las bendiciones que anhelamos.

DESCRIBIENDO REALIDADES DESAGRADABLES

A continuación, paso ha describir primeramente algunas de las desagradables, y aun vergonzosas, acciones bajas que en algún tiempo han sido realidad en las vidas de diferentes creyentes, tanto hombres como mujeres, miembros de las iglesias y también ministros. Algunas de esas bajezas son tan sórdidas que a veces se me ha hecho increíble, y hasta imposible, el creer que las hubiese vivido aquel hermano(a) quien para el tiempo de la confesión es un cristiano(a) fiel y temeroso(a) de Dios y quien parece como que siempre ha vivido una vida moral. Para hacer tal descripción, menciono en primer lugar uno de esos casos que se nos da razón en la Palabra de Dios. Pero también, para confirmación de lo dicho, por mi parte uso como prueba algunas de las muchas experiencias vividas durante los largos años de mi ministerio al tratar con miles de cristianos, tanto de feligreses como de predicadores y líderes en las iglesias.

Señalo que lo que cito, son solamente algunas partes breves de las múltiples confesiones que he oído en los labios de diferentes hijos de DIOS:Hombres y mujeres que le sirven al Señor, pero que reconocen

que están viviendo en medio de este “horno ardiente” —nuestra carne y el mundo—, y han buscado con desesperación el tener buena conciencia confesando su necesidad delante del Señor. Cristianos sinceros que han tomado en serio la advertencia divina y han creído que hay una maldición al ignorarla pero que, en cambio, hay una bendición muy especial que Dios ofrece al ponerla por obra: “El que encubre sus pecados no prosperará. Mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”. Cristianos quienes han hecho así como testifica el rey David: “Mi pecado te descubrí, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones al Señor, y Tú perdonaste la maldad de mi pecado”.Hombres y mujeres de Dios que al hacer esto, en su humillación y sinceridad, han alcanzado una paz en su alma cual no se puede adquirir de ninguna otra manera.

DESCRIPCIÓN DE “PECADOS MAYORES”

San Pablo, escribiendo a los Corintios, advierte algo que nosotros necesitamos tener muy en cuenta hasta el día de hoy: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación cual ni aun se nombra entre los Gentiles, tanto que alguno tenga la mujer de su padre” (1 Co. 5:1). Pues la desagradable verdad es que el adversario tiene que preocuparse por hacer más males entre el pueblo de Dios que entre “los gentiles”. Estos no tienen peligro de perder el tesoro de la salvación, por la sencilla razón de que no lo tienen; en cambio, nosotros sí. Por consiguiente, el tentador se esfuerza tratando de avergonzar al Señor de esta forma.

Así que no debe de extrañarnos el ver que haya en nuestros medios quienes cometan bajezas indecibles como en el caso del incesto mencionado por San Pablo. Por cierto, también menciono aquí, que

cuando aquel. incestuoso se arrephiti.Ó de su. maldad con un reconocimiento profundo, San. Pablo instruye: “Bástate al tal esta reprensión hecha de Muchos. Así que, al contrario, vosotras más bien lo perdonéis y consoléis, porque n.o sea, el tal. consumido de demasiada tristeza« Por lo cual as ruego que ctrifirTnéts el amor para con. él ” 2 eo..

lelas a. los que se trata. de ayudar» con. este niensaje precisan:lente, es a. aq.u.ellos qu.ierieis habier.ei

s i el o h t!! ridos por e 1. e :u e in i g o a ti ti() n .p <i, a ti o s rnayores”» pero que’ por terier 11:n1 ellcis aun trn. pt!!!quefio Irá lito de v da. es”? i r ‘u111, c ct n f i e 1ns, ,a a;’ II s s ri c a. d o ci y

e 1. a in an con deses 1? e! r a, el. ó i d. i. n d o rri iserico 1″ d. a

!Ad ern á.s » nl..ue has t1 e las confeskin es vety a referir

<: in peeado.s <lile!: se cornetie,ron. antes de elantocer al.

e ti o r.» ID ti- a s, s o n de per! ” r . o s o u. e a u ti, o s y. a c . ! rn. t!!!tier(i n y q 1,.i e! a. n. q ti.e! rico los sigui e r t vl.v e d o (pi. l e re n i o n fe s a.rlos » : t a t s c() r”r fesio ti e! s s n el e

t e!: n fa edema e! s que :tul rica se llev’a. ro n. ia cal) o.

i1: e! in e!! ti sal ta ri.to lo cilla li.(i ad o en le 1 prl,rn e 1″
capitulo corno <in este segundo» ui.(:> tiene :wata (arte!: ver

e o ri a q ti. e 1.1 d:r s quienes» h. a I:) i. e ti. el, o e n ti. n t ii.e!Tn.’p o

e a. !a:tin.a d o (!,! tan. el Señor» ri o el’<11ir.;re*if;.r”alar’r r . :ha g ti ti rerriordin!Úento rii. arre p en tiniierito des pi1 é si d. id;” hah e cornetido ]:recados ta,n.t.o. “niayores” coyn.o “rnen.ores” t . : 1 el?’ll estos lis d ond e! tia be ti 1!:xiir: peccuí,o yy’ii,,terte,

el cual ljo ru) (iiigo que! ruegtue” ( 1 <J.n, 5 16) -

.ADUI!!,,IZRI,0 “RECRILjijIZ”

f) ig<? liar par: lqti e 1. o c!t):i!ri U. ;ti tic’. 1 a re hl. ción
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intuida pcirqi?:e ya, ele t.ienq)o hal?ia terriendo

relaciones sexuales con la secretaria de la iglesia que el mismo pastoreaba. Otra más fue la de la esposa de un ministro que—mientras su esposo andaba de viaje—estuvo adulterando con uno de los varones miembros de la misma congregación.

Otras de las confesiones más comunes han sido las de jóvenes que cuando anduvieron noviando se descuidaron y, provocándose, fornicaron; luego guardaron en secreto su pecado para evitar la vergüenza y para poder tener boda “de blanco”. Después de pasado un tiempo han tenido que confesar porque se han convencido de que “el que encubre sus pecados no prosperará”. Otros ciertamente no cometieron el acto sexual en sí, pero deshonraron sus cuerpos en varias formas abusando de los impulsos sexuales. Otras confesiones comunes han sido las de creyentes y ministros, tanto solteros como casados, quienes se han asustado en el momento de cometer el acto del adulterio, y se han regresado llorando y confesando. A muchos de ellos les ha pasado esto por andar solos con otra mujer que no es la suya, o porque no tienen la propia. Están luego las varias esposas cristianas quienes han sido seducidas y burladas por hombres astutos en sus trabajos; unas y otras han venido confesando su fracaso y llorando con horrible desesperación.

Estas y otras muchas más historias y confesiones de adulterio “regular” están en mi memoria. Mas las pocas aquí descritas son para confirmar lo dicho de que los impulsos sexuales, aun en el cristiano fiel, son cual un horno que arde dentro del propio cuerpo. De ese “horno” solamente Dios nos ha librado a unos a lo largo del Camino. Otros, con dolor, confiesan que para ellos no ha sido lo mismo, y que sólo la infinita misericordia de Dios los tiene hoy

en el Camino. La realidad es que únicamente por misericordia estamos en pie los unos y los otros.

OTROS DESVÍOS SEXUALES Y TENTACIONES

Por muy desagradable que suene, no debo omitir el mencionar la desesperación de los cristianos varones quienes en varias ocasiones me han confesado que la atracción sexual que sienten no es hacia las mujeres sino hacia otros hombres. Inclusive, recuerdo a dos jóvenes varones que estaban ambos por casarse, pero una noche se encendieron el uno con el otro y tuvieron relación homosexual. Por otra parte, están las mujeres—tanto solteras como casadas— quienes con vergüenza han confesado sentir impulsos lesbianos, o en algún tiempo haber cometido ese pecado. Existe también la masturbación, en la que han confesado que han sido llevados no nomás jovenes solteros y cristianos solos, más tambien hombres casados. A mas de esto, no sólo varones, mas también mujeres—incluyendo algunas señoritas. Por otra parte, he tenido de oír muchas veces la confesión de una esposa o de un esposo acerca de los actos sexuales ilícitos que practican dentro de su matrimonio.

Otro desvío, por cierto muy común y también muy triste, es el abuso sexual del que han sido objeto las hijas por parte de sus propios padres, siendo estas las que han venido a confesar. O de hermanas abusadas por sus propios hermanos u otros parientes cercanos. En algunas ocasiones las víctimas no han sido nomás las niñas, sino también los niños. Luego, un hecho más pesado, el que algunas madres usen sexualmente a sus propios hijos. Bajezas, son todas estas, que es increíble saber que se cometen entre el pueblo que conoce a Dios. Por otra parte, esta la confesión de las tentaciones. Una y muchas veces he

oído la confesión de cristianos que han sido poseídos por una pasión ilícita, deseando la mujer de su hermano. De igual manera he oído de esposas, quienes han confesado con vergüenza que no sienten ninguna atracción sexual para con sus propios esposos pero que, en cambio, han sido poseídas por una atracción pecaminosa hacia el esposo de otra. Y como estas… muchas otras tentaciones más.

Por último, ¿qué podremos decir de las incontables tentaciones que muchos de los hijos de Dios se provocan a sí mismos, con literatura pornográfica y otros medios sucios, culminando en lo más común como lo es la pantalla de la televisión? Incontables son las confesiones de quienes habiendo sido llevados por esas corrientes, han sentido temor y han pedido la ayuda para librarse. Incluyo aquí a quienes, no conformes con las programaciones regulares y de cable, han confesado el haber rentado videos para mirar bajezas y asquerosidades que no cabe el mencionarlas.

ENTREMOS AHORA A LOS “PECADOS MENORES”

Repito lo que el Señor me mostró: Hay entre Su pueblo muchos pecados que sus hijos cometen con regularidad, y algunos aun diariamente. Estos piensan que por ser “pecados menores” no cuentan y, por lo tanto, no se preocupan por dejar de hacerlos. Sobre estos “pecados menores”, que entresaqué de “los mayores” en las listas que mencioné antes, repito lo que está dicho: “los que hacen tales cosas”. Si esos cristianos no reconocen que están mal, y siguen haciendo estas cosas, “no heredarán el reino de Dios”—que es el mismo juicio aplicable a “los mayores”. Estos “menores” podemos separarlos en dos categorías:

“inmundicias de carne” e “inmundicias de espíritu” (2 Co. 7:1). A las “de espíritu” corresponden los que primeramente aparecen como sentimientos aunque después se convierten en acciones. Allí están la soberbia, el orgullo, la arrogancia, la vanidad, el egoísmo y otros semejantes, los cuales son impulsos que el cristiano puede traer consigo sin que nadie se de cuenta… hasta que se manifiesten abiertamente como hechos y acciones.

El texto sagrado dice: “Nada hagáis por contienda, ni por vanagloria”, mas he visto en incontables ocasiones a creyentes y ministros que saben esconder o disimular muy bien la contienda y la vanagloria que los mueve.—Por cierto que es a éstos a quienes San Pablo se refiere cuando dice que viven “teniendo apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella” (2 Ti. 3:2-5).-Mas cuando salen a flote los sentimientos perversos, los impulsos sucios y los pensamientos inicuos, que son las “inmundicias de espíritu” que estaban ocultas, entonces se manifiestan las que son “de carne”, las cuales si se pueden ver: enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejias, envidias, rivalidades, hipo­cresías, murmuraciones, intrigas, traiciones, mentiras y engaños, altanerías, rebeldías, necedades, caprichos, pereza, egoísmo, etc… Nadie puede negar el hecho de que estos “pecados menores” son cosa común entre el pueblo de Dios. Y esto hablando mas particularmente de nuestros propios ambientes, o sea, de los cristianos en el mundo que profesamos el haber “nacido otra vez”, haber invocado El Nombre, y haber recibido el Espíritu Santo .

ENEMISTADES.- Son muy pocos los creyentes y ministros que no viven en enemistades. Los unos, entre sus familias y entre los miembros de sus

respectivas congregaciones, los otros, entre los círculos ministeriales locales y de más extensión.

PLEITOS.- Este pecado es uno de los “más populares”, empezando con los pleitos entre los matrimonios. Están también los pleitos entre padres e hijos, entre hermanos y parientes, con los vecinos, en las escuelas, en los trabajos y demás lugares.

CELOS.- Los celos malos y asesinos, donde uno de los esposos da por hecho de que su cónyuge le está siendo infiel. Los celos entre los creyentes y ministros porque el uno no tiene lo que el otro tiene; esto tanto en las cosas de aspecto espiritual, como también por las innumerables razones de carácter material.

IRAS.- Las explosiones de ira entre los cristianos son comunes y peligrosas. Un esposo o una esposa iracunda, al igual que padres e hijos iracundos, han destruido las ligaduras de muchas familias. Pero la acción destructiva del iracundo afecta tanto a su congregación como a todas sus demás relaciones humanas.

DISENSIONES Y RIVALIDADES.- ¿Qué podremos decir de estos pecados que son “gemelos”? Porque estos abundan entre el profesante pueblo de Dios. Pero como son también tan “populares”, son muy pocos los creyentes y ministros que de verdad se preocupan por librarse de los tales para no vivir presos en ellos.

HEREJÍAS.- Son muchos los cristianos que se han viciado en pronunciar palabras blasfemas, al grado que lo hacen ya con mucha naturalidad olvidándose de la advertencia divina de que: “ninguna palabra torpe salga de vuestra boca “.

ENVIDIAS Y CONTIENDAS.- Estos pecados “comunes” los condena el apóstol Santiago cuando dice: “pero si tenéis envidia amarga y contención en vuestros corazones, no os gloriéis, ni seáis mentirosos contra la verdad, que esta sabiduría no es la que desciende de lo Atto, sino terrena, animal, diabólica. Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Stg. 3:14-16).

HIPOCRESÍAS.- Con todo lo aborrecible que es esta acción, es también una de las más “populares” tanto entre los feligreses como entre los ministros. Para una gran mayoría de cristianos es cosa común el fingir amistad y amor cuando en realidad no lo hay, y el presentar una cara por el frente y otra por la espalda.

MURMURACIONES.- Sobre este pecado que es cual “comida diaria” entre el pueblo de Dios. también es el apóstol Santiago quien nos dice:“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, el tal murmura de la Ley, y juzga a la Ley. Pero si tú juzgas a la Ley, no eres guardador de la Ley, sino juez. Uno es el Dador de la Ley, que puede salvar y perder: ¿quién eres tú que juzgas a otro?” (Stg. 4-11-12).

INTRIGAS Y TRAICIONES.- Estos pecados realmente no son tan “menores” como otros. Cada uno de ellos pueden también ser catalogado como “terreno, animal, diabólico”. Son acciones tan bajas que aun en el ambiente mundano se reprueban fuertemente. A pesar de esto, las usan los integrantes del pueblo de Dios, particularmente entre el ministerio, con tal regularidad que es increíble.

REBELIÓN.- De este pecado está dicho que: “como pecado de adivinación es la rebelión” (1 S. 15:23). La rebeldía es uno de los pecados innatos que estan en la carne. Es muy raro el cristiano que no la siente cuando se trata de sujetarse a alguien más y obedecer. Por ejemplo: la rebeldía del cristiano varón para sujetarse a donde le corresponde; la rebeldía en la esposa para sujetarse a su marido—cosa común; y la rebeldía de los hijos -cosa también común- en el tiempo presente.

MENTIRAS Y ENGAÑOS,- Estos otros dos son también de los pecados “muy populares”. Contar mentiras y engañar es para muchos creyentes y ministros tan común como el comer y beber. Abundan los ministros mentirosos que están bien ejercitados en engañar a los que les rodean para conseguir distintas formas de beneficios, principiando con el dinero. También abundan cristianos mentirosos que nunca pagan lo que deben.

ALTANERÍAS.- Como consecuencia lógica de la soberbia, prevalece entre el pueblo que se supone que debe ser humilde, la repugnante altanería. Muchos cristianos altaneros y jactanciosos creen que por lo que son o por lo que tienen, es correcto el portarse en determinada forma para con aquellos que, según ellos, valen menos o son nada.

NECEDADES Y CAPRICHOS.- Estas actuacioministros mayores en edad de una forma que raya en lo absurdo y ridículo. Pero éstos, en vez de mirar su ridiculez, caminan bajo el concepto de que son personas formales y serias .

PEREZA.- De este pecado, sin temor a equivo carnos, podemos decir que es el más común entre todos los “menores”. La pereza siempre ha perjudicado el trabajo del Señor y la vida del perezoso. La Palabra lo reprueba diciendo: “que no os hagáis perezosos, mas imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”.

EGOÍSMO.- Este pecado es también uno de los comunes que opera sutilmente entre los hijos de Dios. Muchos son egoístas y no se dan cuenta. El servir, buscar y tratar nomás a sus seres queridos, y a aquellos que estan contados entre sus amigos, lo consideran completamente correcto. Olvidan el ejemplo supremo que nos dio el Señor al darnos a nosotros, “los perrillos”, la comida de los hijos .

CHISME.- Este pecado, último en esta lista, pudiéramos llamarlo el rey de los pecados “menores” tanto por lo común como por lo destructivo entre el pueblo de Dios. A una gran multitud de cristianos este pecado los va a llevar a la condenación .

EXAMINÉMONOS CON SINCERIDAD,
MI HERMANO(A)

Sé que el lector que en realidad teme a Dios y que “tiembla a Su Palabra”, al repasar esta lista de ”pecados menores”, va a encontrar que más de alguno está afectando su vida. Pues, como ya lo he explicado ampliamente en este escrito, “las inmundicias d ::r ia carne” son una realidad innegable e inevitable

nuestras vidas. Son operaciones en la carne que hacen sentir miserable al cristiano sincero, al ver ési que por más que pelea contra ellas no puede deshacerse de las tales de la manera que quisiera. o sea, de una forma completa y definitiva.

Mediante la Palabra de Dios, el cristiano sincero entiende que estos son pecados que, al estarlos cometiendo de planta y sin arrepentimiento, le pueden traer juicio y aun condenación.

Mas lo maravilloso repito ya llegando al final de este tema—es que también por la misma Palabra de Dios poseemos ahora la seguridad de que “si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesucristo Su Hijo nos limpia de todo pecado”. Porque “si dyéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. (Pero) si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad (Porque) si dyeremos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso, y Su Palabra no está en nosotros ” ( 1 Jn. 1: 7-10) .

Termino suplicándote, mi hermano, que exami nemos nuestras vidas con un corazón contrito y humillado. Al darnos cuenta que operan en nosotros algunos de estos “pecados menores”, con profundo reconocimiento pidámosle al Señor que, por Su maravillosa gracia, nos limpie a cada día. Tengo confianza en que hay un número de mis hermanos que no quieren estar contados entre los “anatemas” que están deteniendo la respuesta a las peticiones de “La Convocación”, así como me lo ha mostrado el Señor.

Mas si tú, mi estimado lector, por estar cometiendo algunos de los pecados “menores” y, más aun, si por estar viviendo en secreto alguno o algunos de los pecados “mayores”, fueres uno de esos anatemas y no te has arrepentido, el Señor por medio de este escrito te dice hoy que te arrepientas. Yo no sé

quién eres, pero el Señor sí lo sabe. Delante de todos los humanos puedes disimular y esconder la inmundicia de tu pecado, pero delante de nuestro Dios eso es imposible. Recuerda bien que “el que encubre sus pecados, no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”. Únete a los arrepentidos, que con reconocimento pedimos al Señor que por Su Espíritu Santo obre en medio de su pueblo y prepare el terreno: “Que extiendas Tu mano a que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el Nombre de Tu santo Hijo Jesús”(H ch. 4:30). *

Currently there is "1 comment" on this Article:

  1. Joel Cid says:

    Doy gracias a Dios por mostrarme las inmindicias de la carne y del espiritu. Y por la edificacion espiritual y como humano que aprendi en este texto, Te amo Dios por ser tan misericordioso.

    Dios bendiga a mi hermano Efraimen su vida, en su ministerio. Por que demuestra el amor que le tiene a nuestro señor Jesucristo al padecer estas vigiliasy conpartir sus experiencias en el camino del señor.

    saludos
    Joel Cid

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